Amor y dolor

De Juan de la Cruz solían decir que era bondadoso, alegre y cordial con todos. Su personalidad fue el resultado de dos cosas: el amor y el dolor.

Su padre, Gonzalo de Yepes, un toledano comerciante en telas, se enamoró de Catalina, una muchacha huérfana que se ganaba la vida en un telar de Fontiveros. Al casarse, Gonzalo fue desheredado por la familia Yepes por haber traicionado su linaje.

Juan, el tercer hijo, nació en 1542 en el seno de una familia desheredada. Gonzalo murió víctima de las privaciones. La viuda, Catalina, con el mayor de 12 años, Luis, y el todavía bebé Juan, tuvo que comenzar a recorrer caminos en busca de mejores condiciones de vida. Juan tuvo una infancia de lo más azarosa. Le tocó crecer en lo más bajo. Pero aquella pobreza llegó a ser provechosa gracias al cariño y al temple de su madre.

Las palabras trabajo, penuria y hospitalidad se convirtieron en lemas suyos. Compartían lo que tenían con quienes tenían menos. En Medina, a los 9 años, Juan comenzó a trabajar como ayudante de enfermero en un hospital para enfermos de sífilis. En ese ambiente de dolor se las arregló para afrontar la situación con madurez y compasión. En su adultez llamaba la atención su sensibilidad con los enfermos. El amor y el dolor le forjaron e hicieron su corazón profundamente disponible para Dios. (Cf. I. Mathew ocd)

Hermanas Carmelitas

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