Noveno mandamiento: No consentirás pensamientos ni deseos impuros…

…Y no tanto: No tendrás pensamientos ni deseos impuros, pues tenerlos es inevitable, si no, no existiría la tentación. Consentirlos es otro cantar. También se ha formulado en los catecismos así: “No desearás la mujer de tu prójimo”, teniendo como referente el Éxodo 20, 17 y el Evangelio de san Mateo 5, 28.

Si el sexto mandamiento protegía la pureza exterior del cuerpo, templo del Espíritu Santo, este noveno mandamiento nos invita a vivir la pureza interior del alma, de donde salen todas las cosas buenas o malas. Nos dirá Cristo: “De dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios e injurias: Esto es lo que hace impuro al hombre” (Mateo 15,19).

Este mandamiento nos ayuda a liberar el alma (no sin un buen esfuerzo por nuestra parte) de esos deseos impuros que nacen en nosotros como consecuencia del pecado original, aquel “virus” que ha entrado en nuestra naturaleza distorsionando nuestra forma de vivir las cosas.

Trata de salvaguardar la virtud de la castidad en su propia raíz, en el corazón de la persona humana. El Decálogo es el programa de la plena realización y liberación de la persona humana, fuente de la verdadera libertad: la de los hijos de Dios.

Para explicarlo os contaré una leyenda oriental…

En un día de lluvia, dos monjes encontraron una muchacha muy hermosa con largos vestidos y zapatos de seda junto a un camino fangoso. Uno de ellos, por caridad, la tomó en brazos para llevarla al otro lado del camino, para que no se manchase. El otro monje no dijo nada hasta la noche, cuando no pudo reprimir por más tiempo su reproche: “Los monjes no debemos acercarnos a las mujeres, ni tocarlas, y menos si son jóvenes y hermosas, porque es peligroso”. Pero él que había hecho con sencillez este acto de caridad respondió: “hermano, a esa chica yo la dejé allí, hace ya muchas horas. ¿Es que tú la estás llevando todavía contigo en tu corazón y en tu deseo?”.

La pureza comienza primero en nuestra alma en que está también nuestra parte psíquica (si la parte psíquica pero está enferma o enfermiza porque crecida en un entorno enfermizo, esto es otro problema)….

Si el alma es limpia, toda nuestra mente, imaginación y fantasía lo serán y, por consecuencia nuestros actos. Todo se define en nuestra conciencia y en nuestra alma. Y es esto lo que Dios escruta con ojos penetrantes, sí, pero también comprensivos y paternales. Dice en el Apocalipsis: “Yo soy el que sondea los riñones y los corazones, y él que os dará a cada uno según vuestras obras” (Ap 2, 23).

La importancia en el orden moral es la verdadera pureza del corazón, no la mera observancia exterior, que puede ser una simulación. A Dios le agradan las manos inocentes y el corazón puro, como dice el Salmo 23.

bDS bajo inspiración de un artículo de Catholic.net

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