Rincón Carmelitano

En todo hombre, por mal que haya vivido, hay un fondo indestructible. La imagen de Dios que constituye nuestro ser original puede estar desfigurada y como sepultada, pero siempre está ahí, como fuente escondida bajo un montón de escombros. Esta fuente sólo quiere brotar. Y es precisamente esta fuente sepultada la que Cristo resucitado despierta en nosotros y conduce a la vida y a la luz.

¿Cómo se realiza esa resurrección? Es obra del Espíritu, que nos recuerda todo lo que Jesús ha hecho y ha dicho. De este modo, el Espíritu nos acompaña por los caminos de nuestra historia.

El Espíritu nos hace ver en Jesús su humanidad; esa humanidad que se manifiesta en su forma de mirar a cada ser humano, aun al más pequeño o despreciable. Una mirada llena de consideración, de ternura, de compasión. Una mirada que salva. Todos los seres que, conscientes de su miseria, se encontraban con esa mirada, sentían un nuevo nacimiento; se sentían reconocidos, amados, reconciliados y llevados a la luz.

El Espíritu, al descubrirnos en Jesús el rostro del Padre, hace renacer en nosotros su imagen. “Reflejamos como en un espejo la gloria de Dios. Nos vamos transformando en esa imagen cada vez más gloriosa: así es como actúa el Señor que es Espíritu” (2Co 3,18). Entonces se puede producir en nosotros nuestro gran despertar, el de nuestro ser original, imagen de Dios.

(E. Leclerc, Id a Galilea)

 

 

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