El Cuerpo y la Sangre de Cristo

Este domingo – y en algunos lugares el jueves — Dios estuvo en la calle recorriendo nuestras ciudades en la ocasión de la Fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

Y, en efecto, la Segunda Persona de la Santa Trinidad, nuestro Maestro, Jesús de Nazaret, bajo las especies sacramentales de Pan y Vino, será protagonista de numerosas procesiones.

La procesión del Corpus Christi es la más celebrada en todo el mundo católico, incluso en países donde este tipo de presencias religiosas en la vía pública no son frecuentes. Y pocas serán las parroquias que, con mayor o menor presencia y boato, no salgan con Dios Hijo a la calle. Y ello es, sin duda, algo muy hermoso y muy necesario en estos tiempos difíciles en que algunos desearían que la fe católica no saliera de las sacristías.

El mayor milagro de nuestra fe es precisamente ese deseo de Jesús de Nazaret de permanecer con nosotros y de entrar diariamente en nuestra vida, mediante el sacramento de la Eucaristía. Por eso tal prodigio debe ser conocido por todos y, muy especialmente, por aquellos que se han distanciado de la fe.

Tomemos especial protagonismo en esta hora y acompañemos, con júbilo, a Nuestro Señor Jesús que sale a la calle. Tanto la Eucaristía como la Iglesia se definen de la misma manera. Ambas son “cuerpo de Cristo”. “El pan que partimos” – dice San Pablo – es la Comunión con el Cuerpo de Cristo”,  y, a continuación, utiliza el símil del cuerpo para explicar la pluralidad de miembros y funciones en la Iglesia que, no obstante la diversidad, forman una unidad en Cristo, y así termina definiendo a la Iglesia como cuerpo de Cristo.

Si la Eucaristía y la Iglesia se definen por lo mismo, es una incoherencia participar en la Eucaristía sin vivir a fondo la comunión eclesial. No cabe disociar la participación en el Cuerpo, en la Persona, del Señor, y la participación en su cuerpo eclesial, pues ambos son dos dimensiones de una misma realidad: Cristo.

El problema de la Iglesia de Corinto, en tiempos de san Pablo, y de muchas iglesias o comunidades cristianas en el nuestro, es que celebran el cuerpo de Cristo, pero no son el cuerpo de Cristo. No viven lo que el sacramento de la eucaristía pide y significa. Y esta incoherencia invalida la eucaristía, impidiendo que sea la cena del Señor. Sólo puede participar en la eucaristía el que antes ha colaborado en la edificación de ese mismo cuerpo de Cristo y en la superación de sus problemas y quebrantos.

No se puede estar en comunión con el Señor como cabeza de un cuerpo, olvidando el servicio fraterno a los miembros de ese cuerpo. Cuando esto ocurre el desprecio a la eucaristía se convierte en un desprecio a la Iglesia de Dios.

La festividad del Corpus Christi es el marco en que la Iglesia española celebra el Día de la Caridad. Y si esta campaña siempre ha tenido especial importancia, es mucho más necesaria y urgente en estos tiempos de crisis. En España, por ejemplo, son los despachos parroquiales de Cáritas los que detectan un incremento notable de las necesidades. Y ello en mucha mayor cuantía que las estadísticas oficiales reflejan.

Miles de familias que antes nunca se habían acercado a las ayudas de Cáritas hoy si están pendientes de las mismas, e, incluso, en algunos casos en los escalones más bajos como pueden ser las ayudas en alimentos. Por eso no debemos dejar pasar esta fiesta del amor de Dios que es el Corpus Christi, donde el Hijo, Jesús de Nazaret, en una prueba de su inmenso amor por sus hermanos decidió quedarse entre nosotros mediante su presencia real en el sacramento del Pan y del Vino. Esa prueba de amor debe tener su amplio reflejo en la actitud nuestra de esta hora respecto a los más necesitados. Nunca como ahora tan numerosos y tan cercanos a nosotros.

La pobreza crece en España con pasos de gigante.

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