{"id":11780,"date":"2026-02-27T10:31:44","date_gmt":"2026-02-27T09:31:44","guid":{"rendered":"https:\/\/iglesia-en-villar.es\/blog\/?p=11780"},"modified":"2026-02-27T10:31:45","modified_gmt":"2026-02-27T09:31:45","slug":"editorial-311","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/iglesia-en-villar.es\/blog\/2026\/02\/27\/editorial-311\/","title":{"rendered":"Editorial"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-center\"><strong>El Papa Le\u00f3n tiene algo que decir&#8230;<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La Cuaresma no es una pausa devocional ni un ejercicio de autoexigencia religiosa. Es un tiempo para volver al centro, para rescatar el coraz\u00f3n de la dispersi\u00f3n y devolverle su orientaci\u00f3n verdadera. Cuando Dios deja de ocupar el centro, la vida se fragmenta; cuando lo recupera, todo empieza a ordenarse.<\/p>\n\n\n\n<p>La conversi\u00f3n no comienza con lo que hacemos, sino con lo que escuchamos. Antes de cualquier decisi\u00f3n moral est\u00e1 la relaci\u00f3n, y toda relaci\u00f3n nace de la escucha. Dios es un Dios que escucha, que se deja afectar por el clamor de su pueblo y abre caminos de liberaci\u00f3n, como lo hizo llamando a Mois\u00e9s. La Cuaresma es, por eso, un tiempo para reaprender a escuchar la Palabra, no como un discurso religioso m\u00e1s, sino como una voz viva que nos alcanza, nos revela y nos pone en movimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Escuchar de verdad no es pasivo: implica dejar que la realidad nos toque. La Palabra educa el o\u00eddo para distinguir, entre tantas voces, el grito que nace del sufrimiento, de la injusticia, de la pobreza. Cuando no escuchamos, el coraz\u00f3n se endurece; cuando escuchamos, el deseo se despierta y se orienta.<\/p>\n\n\n\n<p>En este camino, el ayuno aparece como una pedagog\u00eda del deseo. No es negaci\u00f3n del cuerpo, sino un modo concreto de preguntarnos de qu\u00e9 tenemos hambre realmente. El ser humano no vive s\u00f3lo de lo inmediato: tiene hambre de justicia, de sentido, de plenitud. Mientras ese hambre no se anestesia, el coraz\u00f3n se ensancha, se vuelve capaz de Dios, como recordaba San Agust\u00edn. El ayuno ordena los apetitos, libera el deseo de lo que lo esclaviza y lo vuelve disponible para el bien.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero hoy hay un ayuno particularmente urgente, al que el Papa Le\u00f3n XIV nos llama con fuerza: el ayuno de las palabras que hieren. Gran parte del desorden interior y social nace de una lengua sin gobierno. Palabras que humillan, que juzgan, que etiquetan, que hablan mal del otro cuando no est\u00e1 presente, que condenan sin misericordia. Ese lenguaje no es neutro: forma el coraz\u00f3n, intoxica las relaciones y rompe la comuni\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Renunciar a ese modo de hablar es un verdadero combate espiritual. Es educar el deseo de tener raz\u00f3n, de imponerse, de descargar la propia frustraci\u00f3n sobre los dem\u00e1s. Es aprender a callar cuando las palabras no construyen, a medir lo que decimos, a elegir la amabilidad como forma concreta de amor. Desarmar el lenguaje es comenzar a desarmar la violencia interior. Donde disminuyen las palabras que hieren, crece el espacio para la escucha y para la esperanza.<\/p>\n\n\n\n<p>Este camino no se recorre en soledad. La conversi\u00f3n tiene siempre un rostro comunitario. La Cuaresma nos devuelve a un nosotros donde se escucha juntos, se ayuna juntos y se aprende juntos a vivir de otra manera. No se trata s\u00f3lo de mejorar conductas individuales, sino de transformar el estilo de nuestras relaciones, la calidad del di\u00e1logo, la capacidad de dejarnos interpelar por la realidad.<\/p>\n\n\n\n<p>La Iglesia est\u00e1 llamada a ser un lugar donde el grito del que sufre no se silencia y donde la escucha no se queda en palabras, sino que genera caminos de liberaci\u00f3n. All\u00ed donde el deseo se purifica, el lenguaje se sana y la relaci\u00f3n se reconstruye, comienza ya algo de la Pascua.<\/p>\n\n\n\n<p>Vuestro p\u00e1rroco, Julio.<\/p><p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El Papa Le\u00f3n tiene algo que decir&#8230; La Cuaresma no es una pausa devocional ni un ejercicio de autoexigencia religiosa. Es un tiempo para volver al centro, para rescatar el coraz\u00f3n de la dispersi\u00f3n y devolverle su orientaci\u00f3n verdadera. Cuando Dios deja de ocupar el centro, la vida se fragmenta; cuando lo recupera, todo empieza a ordenarse. 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