Editorial

El Domingo: Día del Señor, Día del Amor

En el corazón de la fe católica late un ritmo sagrado que marca el tiempo no con la frialdad de los relojes, sino con el calor del amor divino. Este ritmo es el domingo, el *Dies Domini*, el Día del Señor, que san Juan Pablo II, en su encíclica *Dies Domini*, nos invita a redescubrir como un regalo inestimable y una llamada a la santidad. El domingo no es simplemente una pausa en la rutina semanal, sino un encuentro vivo con el Resucitado, una celebración del amor que nos ha creado y redimido.

El mandamiento de santificar las fiestas, inscrito en la Ley de Dios desde el Antiguo Testamento, encuentra su plenitud en el domingo cristiano. No se trata de un precepto arbitrario, sino de una invitación a participar en la alegría de Dios, a entrar en su descanso y a renovar nuestra alianza con Él. Santificar el domingo es reconocer que el tiempo no nos pertenece, sino que es un don sagrado que nos llama a la adoración y al encuentro con el Amor que nos sostiene.

La Iglesia, en su sabiduría maternal, nos recuerda la obligación de asistir a la Santa Misa cada domingo y en las fiestas de guardar. Este mandamiento no es una carga, sino un camino de libertad. En la Eucaristía, el domingo adquiere su sentido más profundo: es el memorial de la Pascua de Cristo, el momento en que el cielo toca la tierra y el amor de Dios se hace tangible en el pan y el vino consagrados. Asistir a Misa no es un mero acto de cumplimiento, sino una respuesta de amor al Amor que nos ha amado primero.

San Juan Pablo II nos enseña que el domingo es el día en que la comunidad cristiana se reúne para escuchar la Palabra de Dios y participar en el Banquete Eucarístico. Es el día en que recordamos quiénes somos y hacia dónde vamos: criaturas amadas por Dios, llamadas a la vida eterna. El domingo es, por tanto, un antídoto contra la desesperación y el olvido de nuestra dignidad. Nos recuerda que, en medio de las pruebas y tribulaciones de la vida, el amor de Dios es nuestra fortaleza y nuestra esperanza.

Pero el domingo no se agota en la Misa. Es también un día de descanso, de alegría y de caridad. Es un tiempo para la familia, para el encuentro con los hermanos, para la obras de misericordia. El descanso dominical no es una evasión de las responsabilidades, sino una forma de liberarnos de la esclavitud del trabajo y del consumismo, para redescubrir el valor de las relaciones y la gratuidad. El domingo nos enseña que la vida no se reduce a producir y consumir, sino que encuentra su plenitud en el amor y en la comunión.

En un mundo que a menudo olvida a Dios y se pierde en la dispersión, el domingo es un faro que nos guía de vuelta a lo esencial. Es un día para detenernos, para contemplar, para agradecer. Es un día para recordar que hemos conocido el amor, y que en ese amor está la clave de nuestra felicidad. Como dice san Juan Pablo II, el domingo es «un día que es para el hombre, un día en que el hombre puede y debe encontrar su plenitud en el encuentro con Dios y con los hermanos».

Que cada domingo sea, pues, una Pascua semanal, un encuentro renovado con el Amor que nos salva. Que nos ayude a vivir no como esclavos del tiempo, sino como hijos libres de Dios, llamados a la santidad y a la alegría. Que el Dies Domini sea para nosotros no solo un precepto, sino un regalo, una fiesta, un anticipo del cielo. Porque, en definitiva, el domingo es el día del amor, y en el amor está lo mejor para cada uno de nosotros.

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