Editorial

El eco de la misericordia:

un camino de conversión en el cuarto domingo de Cuaresma

En el corazón del cuarto domingo de Cuaresma, la parábola del hijo pródigo resuena como un eco eterno de la misericordia divina. San Lucas nos presenta un espejo en el que se reflejan nuestras propias luchas, anhelos y la constante invitación a la conversión.

El hijo menor, impulsado por un deseo de independencia y placer efímero, se aleja del hogar paterno. Su viaje es un descenso a la soledad, al vacío existencial que deja la ausencia del amor verdadero. En su caída, se enfrenta a la dura realidad de sus elecciones, un momento crucial donde la conciencia despierta y el anhelo del hogar se hace insoportable.

Es en la profundidad de su miseria donde surge la chispa de la esperanza. El hijo menor decide regresar, no con la arrogancia de un heredero, sino con la humildad de un siervo. Reconoce su pecado, su alejamiento del amor paterno, y se abandona a la misericordia. Su camino de regreso es un símbolo del camino de conversión, un reconocimiento de nuestra fragilidad y la necesidad de la gracia divina.

Pero la parábola no se detiene en la conversión del hijo menor. El hijo mayor, aparentemente fiel y obediente, también revela una profunda alienación. Su resentimiento, su incapacidad para compartir la alegría del padre, muestran un corazón endurecido, incapaz de comprender la inmensidad del amor divino. Su pecado no es el derroche, sino el apego a la ley, la incapacidad de amar más allá de la justicia.

Ambos hijos representan dos caras de la misma moneda: la incapacidad humana de amar plenamente. Uno se pierde en la búsqueda desenfrenada del placer, el otro se encierra en la rigidez del deber.

Ambos necesitan la gracia, la transformación que solo el encuentro con el amor paterno puede ofrecer.

La parábola nos invita a reflexionar sobre nuestro propio camino de conversión. ¿Nos hemos alejado del hogar paterno, buscando la felicidad en placeres efímeros? ¿O nos hemos encerrado en la rigidez de nuestras propias certezas, incapaces de amar con generosidad?

En esta Cuaresma, la llamada a la conversión resuena con fuerza. No es un camino fácil, pero es un camino de esperanza. La misericordia divina nos espera, dispuesta a sanar nuestras heridas y restaurar nuestra dignidad.

Miremos a María, Reina de la Paz, modelo de humildad y entrega. Ella, que conoció el dolor de la pérdida y la alegría del reencuentro, nos acompaña en nuestro camino de conversión. Que su intercesión nos guíe hacia el encuentro con el amor misericordioso del Padre, para que podamos experimentar la alegría del perdón y la plenitud de la vida en su presencia.

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