ADIÓS ADIÓS, MI QUERIDO VILLAR
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1, 46-49). Con estas palabras de María, hoy hago memoria agradecida de este tramo de mi vida sacerdotal que comprende algo más de dos años y medio entre vosotros.
Recuerdo con nitidez aquel enero de 2023, en plenos Ejercicios Espirituales, en el mismo Getsemaní, cuando le dije al Señor: “mi vida es tuya, haz de mí lo que quieras”. Y el Señor, que toma muy en serio nuestras palabras, me envió a una nueva misión: cuidar de una viña en la Serranía. Me aseguró que no me preocupara, porque su Madre me acompañaría en este camino. Con una mezcla de tristeza, pues dejaba otra viña muy querida en Aldaia, emprendí la marcha hacia lo desconocido, con la certeza de que la voluntad de Dios siempre es vida.
Al llegar a la que pronto sería mi casa, en el día de la “puesta de largo”, comprometí mi palabra con dos sencillas promesas: no venir con la tijera para cortar lo recibido, y ser cura para todo el pueblo. Con mayor o menor acierto, eso he intentado ser. Y en el intento, Dios me ha regalado experiencias que quedarán grabadas en mi corazón: lágrimas y risas, silencios de oración, amistades profundas, la cercanía de gentes magníficas, y la certeza de que la misericordia de Dios se derrama donde menos la esperamos.
He sido testigo de milagros sencillos y hondos, de corazones que se abrían sin reservas, acogiendo no tanto a la persona del sacerdote, sino a Aquel que lo envía. Vuestras manos abiertas y vuestra amistad han hecho carne el Evangelio: “El que a vosotros recibe, a mí me recibe” (Mt 10,40). Y puedo decir con gratitud que en este pueblo me he sentido recibido como hermano y pastor.
Hoy, al dar gracias a Dios por esta comunidad tan trabajadora, vienen a mi mente y a mi corazón muchos nombres, rostros y momentos. Gracias por vuestra participación viva en la fe, por los esfuerzos de cada uno por progresar, por la generosidad con que buscáis la santidad en medio de la vida cotidiana. Nada de lo vivido se pierde, todo es para mayor gloria de Dios. Con vuestro ejemplo, también habéis ayudado a este cura pecador a desear cada día con más fuerza ser santo.
Y permitidme ahora una acción de gracias especial: gracias, de todo corazón, a nuestras hermanas Carmelitas Descalzas. Ellas han sido para mí un regalo inesperado, un tesoro escondido. Su oración silenciosa, constante y fiel ha sostenido muchas de mis jornadas, y su fraternidad sencilla ha iluminado mis cansancios. Ellas, que desde el claustro se convierten en corazón palpitante de la Iglesia, han sido verdaderas compañeras de misión. A vosotras, queridas hermanas, os encomiendo con humildad este pobre cura pecador: no dejéis de rezar por mí, como yo os llevaré siempre en mi corazón y en mi oración.
Y termino elevando la mirada al cielo, con temblor y confianza. Gracias, Madre. Gracias, Virgen de la Paz. Gracias, Consoladora de mis aflicciones, Estrella de cada mañana, Reina de la Paz. Bajo tu manto dejo todo lo vivido y lo que vendrá.
ADIÓS ADIÓS MI QUERIDA VIRGEN DE LA PAZ