Editorial

Cuaresma, La oración y el ayuno

Maestro, enséñanos a orar El tiempo de cuaresma nos remite a los cuarenta días en que Jesucristo, impulsado por el Espíritu, se retira al desierto tras ser bautizado por Juan.

Esta soledad no es aislamiento sino intimidad con el Padre.

Esto es la oración, el diálogo filial con el Padre.

Cuando oréis decid: Padrenuestro ¡Cómo sería esa intimidad de Cristo con el Padre! Se notaba que su oración era especial, distinta de la forma de orar de otros maestros.

¿Qué verían en él sus discípulos? Observaban todos sus pasos, comentaban sus palabras, y seguro que más de una vez le siguieron ocultos en la noche cuando se alejaba para orar. Le

miraban con sorpresa y con gran admiración, porque enseñaba con autoridad, porque hacía milagros, pero sobre todo por una forma de orar que nunca habían visto.

Jesús se retiraba a orar, unas veces solo (cf. Mc 6,46; Mt 14,23) y otras acompañado por alguno de ellos (cf. Lc 9,28; 22,41). A veces pasaba la noche en oración alejado de las multitudes que le buscaban (cf. Lc 6,12). Y siempre consultaba con su Padre antes de tomar decisiones o de hacer gestos importantes en su misión. Por eso no es de extrañar que «una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor,

enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”» (Lc 11,1). Y Cristo les desvela lo que hay en su corazón:

«Cuando oréis, decid: “Padre”» (Lc 11,2). En el Corazón del Hijo está el Padre, por eso nos

enseña a orar al Padre desde el propio corazón. Padre nuestro. Orad al Padre, que está en lo

secreto, y no uséis muchas palabras, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis.

¿Qué significa que no usemos muchas palabras?

Que la oración está hecha de voz, pero también de silencio. Cristo nos enseña a distinguir entre oración y rezo, entre devoción y piedad. «Un solo padrenuestro rezado con atención, vale más que muchos rezados veloz y apresuradamente» (San Francisco de Sales).

La oración es un encuentro personal con Cristo, que nos conduce al Padre, por obra del Espíritu Santo. Retirarnos con Cristo al desierto, a la oración en la intimidad, nos prepara

para vivir con profundo sentido la oración comunitaria y especialmente la liturgia de la Semana Santa que culmina con la Pascua de Resurrección.

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