El Papa León tiene algo que decir…
La Cuaresma no es una pausa devocional ni un ejercicio de autoexigencia religiosa. Es un tiempo para volver al centro, para rescatar el corazón de la dispersión y devolverle su orientación verdadera. Cuando Dios deja de ocupar el centro, la vida se fragmenta; cuando lo recupera, todo empieza a ordenarse.
La conversión no comienza con lo que hacemos, sino con lo que escuchamos. Antes de cualquier decisión moral está la relación, y toda relación nace de la escucha. Dios es un Dios que escucha, que se deja afectar por el clamor de su pueblo y abre caminos de liberación, como lo hizo llamando a Moisés. La Cuaresma es, por eso, un tiempo para reaprender a escuchar la Palabra, no como un discurso religioso más, sino como una voz viva que nos alcanza, nos revela y nos pone en movimiento.
Escuchar de verdad no es pasivo: implica dejar que la realidad nos toque. La Palabra educa el oído para distinguir, entre tantas voces, el grito que nace del sufrimiento, de la injusticia, de la pobreza. Cuando no escuchamos, el corazón se endurece; cuando escuchamos, el deseo se despierta y se orienta.
En este camino, el ayuno aparece como una pedagogía del deseo. No es negación del cuerpo, sino un modo concreto de preguntarnos de qué tenemos hambre realmente. El ser humano no vive sólo de lo inmediato: tiene hambre de justicia, de sentido, de plenitud. Mientras ese hambre no se anestesia, el corazón se ensancha, se vuelve capaz de Dios, como recordaba San Agustín. El ayuno ordena los apetitos, libera el deseo de lo que lo esclaviza y lo vuelve disponible para el bien.
Pero hoy hay un ayuno particularmente urgente, al que el Papa León XIV nos llama con fuerza: el ayuno de las palabras que hieren. Gran parte del desorden interior y social nace de una lengua sin gobierno. Palabras que humillan, que juzgan, que etiquetan, que hablan mal del otro cuando no está presente, que condenan sin misericordia. Ese lenguaje no es neutro: forma el corazón, intoxica las relaciones y rompe la comunión.
Renunciar a ese modo de hablar es un verdadero combate espiritual. Es educar el deseo de tener razón, de imponerse, de descargar la propia frustración sobre los demás. Es aprender a callar cuando las palabras no construyen, a medir lo que decimos, a elegir la amabilidad como forma concreta de amor. Desarmar el lenguaje es comenzar a desarmar la violencia interior. Donde disminuyen las palabras que hieren, crece el espacio para la escucha y para la esperanza.
Este camino no se recorre en soledad. La conversión tiene siempre un rostro comunitario. La Cuaresma nos devuelve a un nosotros donde se escucha juntos, se ayuna juntos y se aprende juntos a vivir de otra manera. No se trata sólo de mejorar conductas individuales, sino de transformar el estilo de nuestras relaciones, la calidad del diálogo, la capacidad de dejarnos interpelar por la realidad.
La Iglesia está llamada a ser un lugar donde el grito del que sufre no se silencia y donde la escucha no se queda en palabras, sino que genera caminos de liberación. Allí donde el deseo se purifica, el lenguaje se sana y la relación se reconstruye, comienza ya algo de la Pascua.
Vuestro párroco, Julio.


