Editorial

Si conocieras…


La tercera semana de Cuaresma, en el Ciclo A, nos pone frente a una verdad incómoda: tenemos sed. El Libro del Éxodo muestra a un pueblo que, en el desierto, duda y protesta: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”. El capítulo 4 del Evangelio según San Juan presenta a una mujer que ha buscado amor muchas veces y sigue yendo al pozo al mediodía, sola. Dos escenas distintas, una misma herida: el miedo a no ser amados y a estar abandonados.
De esa herida nace la mentira: pensar que Dios no basta y que debemos salvarnos solos. Entonces buscamos otros “pozos”: relaciones que nos aseguren, reconocimiento, éxito, distracciones, incluso prácticas religiosas que no tocan el corazón. Pero todo eso vuelve a dar sed.
Jesús no humilla ni condena. Dice: “Si conocieras el don de Dios…”. La clave no es el pecado, sino el don que ignoramos. Como recuerda la Carta a los Romanos, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. El problema no es que Dios no dé agua; es que nuestro corazón se endurece y desconfía.
La conversión auténtica comienza cuando reconocemos nuestra sed sin maquillarla. Cuando dejamos de discutir sobre lo secundario y permitimos que Cristo toque nuestra verdad. El gesto decisivo del Evangelio es simple: la mujer deja el cántaro. Dejar el cántaro es cambiar de fuente. Es abandonar el modo antiguo de buscar vida.
Esta Cuaresma no puede quedarse en lo exterior. El Señor te pide tu verdad, no tu apariencia religiosa. No endurezcas el corazón. Reconoce tu sed y atrévete a creer que sólo Cristo es el agua que sacia. Todo lo demás, tarde o temprano, vuelve a dejarte vacío.

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