Editorial

¡QUÉ BUEN PADRE!

La figura de San José ocupa un lugar muy particular en el Evangelio. De él no se conserva ninguna palabra, pero su vida habla con una gran fuerza. José no es el padre biológico de Jesús y, sin embargo, ejerce una verdadera paternidad. Su misión no nace de la sangre, sino de la confianza que Dios deposita en él. Por eso su vida ilumina de manera especial lo que significa la paternidad espiritual.

La paternidad espiritual consiste en ayudar a que la vida que Dios ha sembrado en otra persona pueda crecer. No se trata de poseer, controlar o dirigir la vida de alguien, sino de ponerse al servicio de su crecimiento. En San José vemos este estilo de paternidad reflejado en tres actitudes fundamentales que el biblista Fabio Rosini resume en tres verbos: acoger, custodiar y alimentar.

José comienza acogiendo. Cuando descubre que María está embarazada, su mundo se llena de preguntas. Sus planes cambian de manera inesperada. Sin embargo, cuando comprende que Dios está actuando en esa situación, decide recibir a María y al niño en su casa. Acoger significa abrir espacio en la propia vida para aquello que Dios confía, incluso cuando no se entiende del todo. José acepta una misión que no había elegido y recibe a Jesús como un don. En la paternidad espiritual esto es esencial: reconocer que la vida del otro no nos pertenece, sino que es algo que Dios nos confía para cuidar.

La segunda actitud es custodiar. El Evangelio muestra varias veces a José protegiendo al niño y a su madre. Cuando aparece el peligro, se levanta de noche y huye a Egipto; cuando llega el momento oportuno, regresa y establece su hogar en Nazaret. Custodiar significa velar por la vida que Dios ha puesto en nuestras manos. No se trata de controlar ni de imponer el propio proyecto, sino de proteger lo que Dios está realizando. La paternidad espiritual implica precisamente esta vigilancia amorosa: cuidar la fe de los demás, sostenerlos en los momentos difíciles y ayudar a que lo bueno que hay en ellos no se pierda.

La tercera actitud es alimentar. José no solo sostiene materialmente a su familia con su trabajo, sino que también participa en el crecimiento humano y espiritual de Jesús. El Evangelio dice que Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia. Ese crecimiento ocurre en la vida sencilla de Nazaret, donde José enseña a Jesús un oficio y le transmite una manera de vivir delante de Dios. Alimentar significa ayudar a que la vida del otro se desarrolle plenamente. El verdadero padre espiritual no busca crear dependencia, sino favorecer la madurez y la libertad.

San José muestra así que la verdadera paternidad consiste en acoger sin poseer, custodiar sin controlar y alimentar sin sustituir. Su presencia silenciosa hace posible que otros crezcan y descubran el camino que Dios tiene para ellos.

Para vivir hoy esta paternidad espiritual pueden hacerse tres gestos muy sencillos: dedicar tiempo a escuchar de verdad a una persona concreta, rezar cada día por alguien que Dios ha puesto en nuestra vida y ofrecer un gesto concreto que ayude a otro a crecer, como una palabra de ánimo, un consejo o una ayuda oportuna. Así, el estilo sencillo y fiel de San José puede hacerse presente también en nuestra vida cotidiana.

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