Editorial

ACOMPAÑALE

Entramos de lleno en la semana de las semanas, en aquella semana que nos define, no solo como cristianos, sino como personas. Es decir, por la semana santa estamos vivos; por la semana santa, tú estás aquí.

Después de los cantos, de los gritos, de las palmas y del revuelo, entramos de lleno en la intimidad del Cenáculo: Jesús, con los Doce; en el lavatorio de pies y en la institución de la Eucaristía. Es preciso detenernos no solo en los gestos y las palabras de ese día; sino en cómo esos gestos están hechos y en cómo esas palabras están dichas. Fíjate de dónde nace todo ese día. Nace de un corazón que sabe perfectamente donde va a desembocar todo. Que sabe perfectamente que esa es la última cena y que en unas horas le van a abandonar. Sabe perfectamente que está cenando y lavándole los pies a aquel que le entregará. Lo sabe todo. Qué amor más loco el de nuestro Dios. Y para colmo, el jueves santo, nos regala el mayor tesoro que puede existir: la Eucaristía. Él mismo se regala en este sacramento, que exige su muerte, y que gracias a la Resurrección se convierte en el sacramento donde nos encontramos con Él. Real y vivo.

Y el Viernes Santo continuamos con la Eucaristía. Esas palabras de la última cena (tomad y comed… tomad y bebed) se hacen reales y concretas. Así es Dios, no se queda en palabras. Literalmente, carga con la Cruz. Observa la Cruz: ¿de veras solo crees que pesaba mucho por su tamaño o por el material con la que estaba hecha? Lo que pesa en la cruz son nuestros pecados, nuestros odios, rencillas, habladurías, envidias, traiciones… todo lo que hemos hecho y lo que nos han hecho. Eso sí que pesa. Y aquí, aprovecho para decir una cosa: cuando leamos esto, no pensemos en el vecino… piensa en ti. Tú y yo somos pecadores. Y la peor ceguera es la de aquel que no quiere ver. Si nos das este paso de reconocer lo que hay en tu corazón, lo siento, pero nunca experimentarás el amor de Dios totalmente, porque Dios te ama a ti con todo lo que eres y has hecho. No la imagen ideal que, a veces, pretendes dar a la galería. Eso es lo que ocurre el viernes santo, y cuando beses la cruz podrás besar todo lo que tú has costado: la Sangre de Cristo.

Y después de la noche, la oscuridad y el vacío… el GRAN MILAGRO: La Resurrección. Aquí siento que no sé qué decir. Solo me nace compartiros una experiencia. Una noche, de hace cinco años, al acabar la vigilia Pascual en la parroquia donde estuve (eran sobre las 4 de la mañana), me senté en la cama. Ya estaba con el pijama. Tenía mucho sueño, pero antes de acostarme, me dije que tenía que pararme a pensar un poco en lo que había pasado esos días, ya que con toda la locura no había rezado casi nada. Íbamos de misa en misa. Cuando me paré a pensar, enseguida empecé a repetirme casi sin darme cuenta, una y otra vez: “estás vivo, estás vivo…” No puedo explicároslo, pero experimenté una alegría, una sensación de estar cuidado impresionante… que venían de Otra Persona.

Jesucristo está vivo. Eso lo sabemos todos. Pero pide experimentarlo, pide el don de acompañar a Cristo en cada uno de los momentos de esta semana santa.

Vuestro párroco, Julio.

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