Editorial

La Transfiguración: Luz en el Camino Cuaresmal

Este segundo domingo de Cuaresma, nos invita a contemplar uno de los misterios más luminosos de la vida de Cristo: la Transfiguración. Este relato, narrado en el Evangelio de Lucas, no es solo una manifestación gloriosa de la divinidad de Jesús, sino también una llamada a la conversión y a la esperanza en medio de nuestro itinerario cuaresmal. En este tiempo de penitencia y preparación para la Pascua, la Transfiguración se convierte en un faro que ilumina nuestro camino, recordándonos que la meta de nuestra conversión es la participación en la gloria de Dios.

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para profundizar en nuestra relación con el Señor, un tiempo de desierto en el que somos llamados a purificar nuestro corazón y a reorientar nuestra vida hacia Él. En este contexto, la Transfiguración nos ofrece una perspectiva esperanzadora: Jesús, el Hijo amado del Padre, nos muestra que el camino de la cruz no termina en la muerte, sino en la resurrección. La gloria que se manifiesta en el Tabor es un anticipo de la gloria pascual, una promesa de que nuestra lucha contra el pecado y nuestra búsqueda de santidad no son en vano.

El pasaje evangélico nos relata cómo Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan para orar. Allí, mientras ora, su rostro y sus vestidos se transfiguran, resplandeciendo con una luz divina. Moisés y Elías aparecen junto a Él, representando la Ley y los Profetas, y dialogan sobre su «éxodo» que iba a cumplirse en Jerusalén. Este «éxodo» es una referencia clara a su pasión, muerte y resurrección, el camino que Jesús debe recorrer para cumplir la voluntad del Padre y abrirnos las puertas de la salvación.

En nuestra vida espiritual, la Transfiguración nos invita a subir al monte de la oración, a buscar momentos de intimidad con Dios que nos permitan contemplar su gloria y fortalecer nuestra fe. En este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a escuchar la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo, el Elegido; escuchadle». Escuchar a Jesús implica acoger su Palabra, seguir sus enseñanzas y configurar nuestra vida con la suya. Una llamada a la conversión, a dejar atrás todo lo que nos aleja de Dios y a abrazar su voluntad con confianza y amor.

La luz de la Transfiguración también nos recuerda que, aunque el camino cuaresmal puede ser arduo, no estamos solos. Jesús, transfigurado en gloria, es el mismo que camina con nosotros en nuestras luchas y dificultades. Él es nuestra fuerza y nuestra esperanza. Por eso, este segundo domingo de Cuaresma nos anima a perseverar en el camino de la penitencia y la conversión, sabiendo que la meta es la participación en la vida divina.

María, la Madre de Jesús, es un modelo perfecto de escucha y obediencia a la voluntad de Dios. En ella encontramos un ejemplo de cómo vivir la Cuaresma con un corazón abierto a la gracia.

Que la luz de la Transfiguración ilumine nuestro camino cuaresmal, y que María, Estrella de la Evangelización, nos guíe hacia la paz y la alegría de la resurrección. Amén.

 

Comentarios cerrados.