LA CIENCIA DE LA CRUZ DE EDITH STEIN
Hay una vocación a sufrir con Cristo y por lo tanto a colaborar en su redención. Si estamos unidos al Señor, entonces somos miembros del Cuerpo Místico de cristo. Todo sufrimiento llevado en unión con el Señor es un sufrimiento que da fruto porque forma parte de la gran obra de la redención. El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, cruz, única esperanza!
Ponte delante del Señor que cuelga de la cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento. El mundo está en llamas: ¿deseas apagarlas? contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno.
Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima Sangre para mitigar, salvar y redimir. Frente a ti el Redentor pende de la cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quienquiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena.
Hermanas Carmelitas