Después de la Madre, viene la Cruz
Como decíamos en la hoja parroquial anterior, estos días de fiesta son una oportunidad preciosa para volver al origen, para restablecer los vínculos con nuestra Madre y con su Hijo. No nos quedemos solo en la belleza de los actos, en las predicaciones, en el ambiente del pueblo. Todo eso es importante, pero no basta. Hace falta dejar espacio y silencio, para que pueda calar esa Palabra que Dios tenía pensada personalmente para ti en estos días.
Tal vez sea el momento de volver a encender el amor primero, ese amor sencillo y verdadero a Dios y a su Madre, que quizá el paso del tiempo, el cansancio o las preocupaciones han ido apagando.
Quiero detenerme al final de la semana. Me atrevo, incluso, a no hablar del día más potente de las fiestas. Prefiero dejarme sorprender. Y el día al que quiero mirar es el de las Santas Reliquias. Porque hay algo que quizá no hemos pensado lo suficiente: en nuestro pueblo, en nuestra parroquia, hay pequeños trozos de madera que han pertenecido a la misma Cruz de Cristo.
Esta frase no es para pasarla rápido. Es para repetirla despacio, varias veces. Porque caer en la cuenta de esto es descubrir que tenemos entre nosotros testigos privilegiados del momento más importante de toda la historia de la humanidad.
Esas astillas fueron cargadas sobre los hombros de Jesús. Recorrieron con Él las calles de Jerusalén. Fueron bañadas en su misma sangre. Escucharon los insultos y las infamias. Fueron testigos del dolor —y también del amor— de las santas mujeres. Escucharon, en primera persona, las palabras que sostienen nuestra fe:
«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». «Hoy estarás conmigo en el paraíso». «Ahí tienes a tu Madre». «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».
Sintieron el último aliento de Jesús en la Cruz. Lo digo de nuevo, porque es importante: no sé si somos realmente conscientes de lo que tenemos. Tenemos una prueba concreta, cercana, humilde, de lo que el Señor ha vivido por ti y por mí.
Por eso, no dejemos que se apague nuestra fe. Dios existe. Y nos ha mostrado su Amor en la Cruz y regalándonos a su Madre. Si no sabes cómo rezar, si te has olvidado, si notas que antes sí, pero ahora no, si sientes que el corazón se ha enfriado, no te compliques: acude a Él. Llámale por su nombre. Puedes decirle simplemente: Jesús, solo quiero estar contigo. No te pido nada. No exijo nada de este rato. Solo quiero estar contigo.
Creer no es cosa de ingenuos ni de gente débil. La fe nace de un encuentro con Alguien, con Él. Y me atrevo a decir que la fe es cosa de valientes: de los que se atreven a rezar, a llamar al Señor por su nombre y a quedarse con Él, aunque no sientan nada, aunque no entiendan todo, aunque estén en proceso. Porque Dios siempre trabaja así: paso a paso, encuentro a encuentro, volviendo una y otra vez al amor primero.


