Editorial

La Candelaria: aprender a llevar la luz en las manos

La fiesta de la Presentación del Señor, que popularmente llamamos la Candelaria, no es una escena tierna del Evangelio ni un rito antiguo sin consecuencias. Es una palabra viva, una provocación espiritual. Nos pone en las manos una luz y nos pregunta, sin rodeos: ¿qué haces tú con la luz que has recibido?

María y José suben a Jerusalén para cumplir la Ley. No van a hacer algo extraordinario; van a obedecer. Y, sin embargo, en ese gesto sencillo acontece algo inmenso: Dios entra en su templo llevado en brazos, no imponiéndose, sino dejándose ofrecer. La salvación no irrumpe con ruido, sino con humildad. La luz no deslumbra; se deja sostener.

Simeón y Ana representan a quienes han aprendido a esperar. No son jóvenes, no tienen prisa, no buscan experiencias nuevas. Han afinado el corazón hasta reconocer lo esencial. Simeón toma al Niño en brazos y pronuncia una frase decisiva: “Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. No dice: “Ahora empieza mi éxito”, sino: “Ahora puedo soltar”. La luz verdadera no se posee; se reconoce y se entrega.

La Candelaria nos habla de un paso interior fundamental: pasar de querer controlar la luz a dejarnos iluminar por ella. Muchas veces queremos que Dios confirme nuestros planes, bendiga nuestras seguridades, garantice nuestros miedos. Pero esta fiesta nos dice otra cosa: la luz de Cristo no viene a reforzar nuestras defensas, sino a desarmarlas.

La candela encendida que hoy se bendice es un signo exigente. La luz no sirve si se guarda en un cajón. Tampoco sirve si se usa como arma para señalar la oscuridad de los demás. La luz cristiana no humilla, no acusa, no se impone. Simplemente alumbra. Y al alumbrar, revela tanto el camino como las sombras del propio corazón.

Por eso Simeón anuncia también la contradicción: “Este niño será signo de contradicción”. La luz no tranquiliza a todo el mundo. Incomoda, porque obliga a elegir. No se puede vivir indefinidamente en la penumbra cuando se ha visto la luz. La Candelaria nos pregunta si estamos dispuestos a pagar el precio de la claridad: renunciar a la ambigüedad, a las medias verdades, a las excusas espirituales.

Vivir la Candelaria como cristianos significa revisar honestamente nuestra relación con la luz. Esta fiesta puede ser un buen momento para un acto interior muy concreto: preguntarnos qué verdad de nuestra vida sabemos y seguimos posponiendo. ¿Qué paso claro el Señor ya nos ha mostrado y seguimos evitando?

La propuesta espiritual es sencilla y profunda: presentar al Señor lo que somos hoy, no lo que nos gustaría ser mañana. Como María y José, llevar al templo nuestra realidad concreta, incluso nuestra pobreza espiritual, nuestros achaques y pobrezas, confiando en que Dios actúa precisamente ahí. De forma práctica, la Candelaria puede vivirse eligiendo un gesto concreto de luz para el mes que comienza. No algo grandioso, sino fiel:

  • Una conversación pendiente que debe hacerse con verdad y caridad,
  • Una decisión que ordene el tiempo y las prioridades,
  • Un hábito pequeño que devuelva claridad a la vida (oración, descanso, reconciliación).

Encender una vela en casa y colocarla en un lugar visible puede ser un signo diario que recuerde esta elección: no esconder la luz, no negociar con la oscuridad. La Candelaria no termina cuando se apaga la vela. Empieza cuando salimos del templo con la luz en las manos, conscientes de que no somos la luz, pero hemos sido llamados a llevarla. Y eso, como todo lo verdadero, transforma la vida.

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