Editorial

SANTIDAD DE VIDA

Los presbíteros estamos muy acostumbrados a predicar desde el ambón que el Pueblo de Dios, es decir, que tú estás llamado a la santidad. Después de eso, lo que solemos hacer es proponer un pequeño listado de herramientas que la Iglesia nos ofrece para ir caminando, poco a poco, hacia esa santidad, a saber: la oración personal, la Palabra de Dios, la Eucaristía, la confesión, etc.

Pero ¿cuáles son las herramientas que la Iglesia recomienda (casi obliga) para que un sacerdote sea santo? Os comparto el listado que el código de derecho canónico propone (es decir, el marco legal de la Iglesia):

  • Unión especial con Cristo (Oración contemplativa)
  • Celebración cotidiana, diaria, de la Eucaristía
  • Liturgia de las Horas
  • Dirección espiritual
  • Ejercicios espirituales
  • Devociones marianas u otros (como el rosario)

Si un sacerdote, por intentar salvaguardar el trabajo que hay en una parroquia, por querer llegar a todo y a todos, llega a descuidar estos puntos, ¿Qué puede llegar a ocurrir? Que el sacerdote quede hecho trizas, sin sentido, como un simple funcionario, sin amor ni fuego. Resumiendo, lo que define a un sacerdote no son las pocas o muchas cosas que lleva a cabo… lo que le define es su unión íntima con Cristo. Además, aquí aparece otra cuestión: Si el sacerdote descuida esto, con el tiempo no solo se resentirá Él, sino también la comunidad parroquial. Si los padres no están bien, los primeros que sufrirán serán los hijos.

¿Por qué os comparto estas líneas? Porque durante esta semana estaré de ejercicios espirituales, junto a otros 40 sacerdotes. Los ejercicios espirituales no son las “vacaciones de los curas”, más bien al contrario, son un tiempo en los que apagamos todo, nos aislamos del mundo exterior, para encontrarnos a solas y en silencio (literalmente en silencio, porque no podemos hablar) con Aquel que el Esposo de nuestra alma, de nuestra vida. Dicho de otro modo, cuando un sacerdote pierde la unión con Cristo y se aleja de Él por no cuidar los medios de relación con Él que antes os he expuesto, ocurre que ese sacerdote no sabe para qué vive. Si mi vida me la da Cristo y pierdo a Cristo… creo que queda claro el resultado.

Por eso, durante estos días de ejercicios espirituales (y durante todo el año, me atrevo a decir) rezad para que vuestros sacerdotes recemos, para que oremos, para que no perdamos nuestra unión con Cristo.

Alguna vez he podido ver de cerca, incluso experimentar en mi propia carne lo que supone esta ruptura con Cristo. Y ocurre algo que es paradójico: que un sacerdote viva un infierno.

Vuestro párroco, Julio.

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