ES UN ENCUENTRO
Hay una pedagogía sorprendente en los encuentros con el Resucitado durante la primera semana de Pascua. No son apariciones espectaculares para impresionar, sino irrupciones precisas en la vida concreta de personas concretas. Cada encuentro tiene un tono, una herida, una pregunta. Como si la Resurrección no fuera una idea que se explica, sino una Presencia que sale al encuentro allí donde cada uno está detenido.
María Magdalena busca un cadáver y encuentra una Voz que la llama por su nombre. Cree que todo ha terminado, que solo queda custodiar un recuerdo, y sin embargo es llamada a una relación nueva, imposible de encerrar en las categorías anteriores. El Resucitado no se deja poseer, pero se deja reconocer. Y ese reconocimiento nace cuando el corazón es tocado en lo más íntimo: “María”. No es un argumento, es una llamada personal.
Los discípulos de Emaús huyen. No están buscando a Dios; están escapando de una decepción. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde el Resucitado se acerca, camina con ellos, interpreta su historia. No se impone, no corrige de inmediato: acompaña. Hace arder el corazón antes de abrir los ojos. Porque el verdadero problema no es la falta de pruebas, sino la incapacidad de leer la propia vida. Cuando finalmente lo reconocen al partir el pan, comprenden que Él ya estaba, desde antes, en el camino de su confusión.
Los apóstoles encerrados viven con miedo. Han visto fracasar todo y temen correr la misma suerte. El Resucitado no entra derribando la puerta, sino atravesando el miedo. Se coloca en medio y ofrece la paz, mostrando sus heridas. No es una paz que ignora el dolor, sino que lo atraviesa. Y en ese gesto hay una revelación decisiva: las heridas no han desaparecido, pero ya no son un lugar de muerte, sino de comunión.
Tomás, por su parte, no acepta el testimonio de otros. Quiere tocar, verificar, asegurarse. Y el Resucitado no rechaza esta exigencia, sino que la acoge. Ocho días después vuelve por él. No le reprocha su incredulidad, sino que entra en ella. Le invita a tocar, pero sobre todo a fiarse. Porque hay un momento en el que la evidencia ya no basta, y el corazón está llamado a dar un paso que no puede delegar en nadie más.
Cada uno de estos encuentros revela algo esencial: el Resucitado no aparece en abstracto, sino en relación. No responde a una lógica general, sino a una historia concreta. Y siempre hay un paso que dar: dejar de buscar entre los muertos, volver sobre el camino recorrido, salir del encierro, atravesar la duda. La Resurrección no elimina la humanidad, la lleva a su cumplimiento.
Por eso, quizá la pregunta no es si Cristo ha resucitado —eso ya ha sucedido—, sino dónde ha salido a tu encuentro. Porque, si estos relatos son verdaderos, entonces también tu historia es un lugar posible de aparición.
Prueba a hacer algo muy concreto: detente, busca en tu vida un momento en el que hayas tenido la certeza —no una idea vaga, sino una certeza limpia— de haber sido alcanzado por Él. Ponle fecha y hora, si puedes. Escríbelo. No lo analices demasiado, no lo justifiques: simplemente reconócelo. Y después vuelve a ese instante como quien vuelve a una fuente. Porque ahí, exactamente ahí, empezó algo que quizá aún no has terminado de comprender.
Vuestro párroco, Julio.


