Editorial

Me despido hoy del Villar

Me despido hoy de Villar con una sensación muy bonita pero que puede sonar un tanto extraña. Me despido con sentimientos de Padre. Y digo esto porque quizás en nuestro mundo, cuando aparece el planteamiento o la propuesta vocacional, muchas de las respuestas que pronto aparecen es la de que la vida de celibato es una vida infructífera, solitaria y estéril.

Sin embargo, yo jamás en mi ministerio sacerdotal como párroco he tenido esta sensación de vacío e inconsistencia. Como pastor, y como Padre, me he sentido unido desde el primer día a esta comunidad parroquial en amor y en responsabilidad, con todos y con cada persona concreta.

Quizás sí como un Padre primerizo, en los primeros meses aquí. Supongo que aquellos que son Padres, durante las primeras semanas han vivido como con gran admiración su nueva responsabilidad.

Así me sentí yo al convertirme en párroco por primera vez en mi vida de esta comunidad parroquial. Con la admiración del padre por cada nuevo descubrimiento con su hijo, así yo fui descubriendo y admirándome por cada cosa que la Parroquia de Villar me iba revelando.

Descubrir esta comunidad cristiana significa admirarse de una larga historia y un gran trabajo hecho por quienes han recorrido la fe antes que nosotros. Admirarse de una comunidad orante que se siente unida a la Iglesia en la liturgia de las horas y en la Eucaristía.

Contemplar atónito como personitas concretas como Conchin y Mari Paz se hacen cargo del trabajo de “mantenimiento” de todas las instalaciones parroquiales. Ver como Paz García se responsabiliza con una vitalidad inaudita de recoger misas, contar colectas, gestionar las distintas tareas parroquiales, como si formase parte todo esto de su propia identidad. Un consejo pastoral que está

dispuesto siempre a todo, y tantas y tantas personas que en pequeñas cosas se sienten ligadas a la vida parroquial: escriben y montan la hoja (Vicente, Chelo, Ana, Asun…), llevan los turnos de limpieza, la contabilidad parroquial, los libros sacramentales, con la paciencia propia de Chimo para todo esto.

Creo que todo padre tiene la sensación, al ir conociendo los dones y las capacidades de su pequeño, que su Hijo o Hija es único e inmejorable. Así me pareció a mi desde el primer día esta parroquia de Villar. Una parroquia que colabora, que tiene claros sus objetivos, que comprende y ama la celebración, que acoge y quiere a los más vulnerables, que mantiene sus tradiciones y ofrece un mensaje evangelizador al mundo de hoy; una parroquia enraízada en la devoción y amor del pueblo de Villar por su madre y patrona, la Virgen de la Paz… Todo era magnífico para llevar a cabo muchos sueños…

Así, con la responsabilidad de hacer crecer, madurar y aprender a un Hijo, durante estos años he intentado comunicar y compartir con esta parroquia lo que sé, lo que vivo y lo que me gustaría vivir como cristiano, como miembro de esta gran familia, y como sacerdote.

El primer objetivo, como el de todo Padre, fue que la parroquia viviese bien alimentada. Por eso mi constante deseo de poner en Valor la Eucaristía. Qué regalo tan grande es que el Señor nos permita cada día alimentarnos de su Palabra y de su Pan.

Qué bonito es cada día sentarse con toda la familia a la mesa, y ver como la fe crece, se va fortaleciendo, y la relación entre Dios y cada uno es más cercana e íntima. Cuánto hemos disfrutado de ese regalo diario de la misa de la comunidad. Si el niño no puede vivir sin el alimento, tampoco la parroquia podrá ir muy lejos si no es desde la Eucaristía celebrada, compartida y vivida con alegría y agradecimiento.

Pero no todas las comidas son iguales, sino que hay algunas que merecen especial cuidado y esmero, porque celebran los momentos más fundamentales de la vida y la fe. Por eso he intentado cuidar cada celebración, y hemos hecho cosas tan bonitas… Celebraciones de la Eucaristía

íntimas, profundas y sobre todo muy hermosas. Para ello me he servido, y he abusado, de la disponibilidad y entrega de muchas personas. Ana Lloris, Chelo, Rocío, Carmen, Cruz… Cuánto trabajo hecho y cuanta alegría compartida. Nada de esto sin el equipo de liturgia hubiese sido posible. Y todo con una preciosa música de fondo. La música de Susi, y de los Coros Parroquiales, apoyados en el esfuerzo de Bárbara y Amparo, que siempre se han mostrado dispuestas a ayudar. Pero la mesa ha de estar bien preparada, todo planchado y apunto para estos momentos importantes. Pacita y Pilar Cercos no han perdido detalle, acogiendo siempre mis propuestas y exigencias. Junto con las manos y la costura de personas como Fina Lázaro, siempre agobiadas con mis nuevas propuestas para embellecer y afinar cada celebración.

Mas…no solo del alimento puede vivir un Hijo. Por ello, en mi misión de acompañarle y enseñarle he querido aportarle lo mejor de mí mismo. Por ello hemos recorrido este tiempo el camino del aprendizaje, profundizando en algunas materias del estudio teológico, sobre todo, acercándonos al misterio central de la fe cristiana, la Santísima Trinidad. Y también hemos empezado a caminar en

la gran tarea del futuro, una Iglesia Evangelizadora para un mundo que va olvidando poco a poco el amor de Dios, sin saber que lo necesita. Por ello, la Escuela de Evangelización y el grupo de Nueva Evangelización han empezado su andadura en este tiempo. A todos ellos les doy las gracias por su generosidad y atrevimiento.

Una pedagogía que es tarea de todos. Porque el camino es de familia, es camino de comunidad. Y esa conciencia de familia es la que he intentado comunicar en cada acción. La parroquia es la gran familia creyente, y este vínculo necesita ser fortalecido y manifestado en nuestra realidad local. Por ello, esta familia engendra nuevos hijos a la fe en el bautismo y les enseña a caminar como creyentes, en el equipo de catequesis de infancia, que con Consuelo a la cabeza, atienden y quieren domingo tras domingo a estos niños, y les preparan para que se sumen a esta gran familia parroquial sentándose con nosotros a la mesa eucarística. Y que, incluso en la humildad, seguimos desde el movimiento diocesano Juniors acercando a Dios, con el esfuerzo de Adrián como Jefe de centro, y un gran equipo de educadores.

Familia que cuida y quiere a los que más necesitan, y que en Cáritas Parroquial, con Fina desde tiempo inmemorial, y ahora con Alma y un gran equipo de Voluntarios, acoge, acompaña y atiende la necesidad de más de 30 familias de nuestro pueblo. Es el amor que recibimos el mismo que damos a los demás. Y ahí queda patente la acción y el servicio que la fe nos propone en el ejemplo de Jesucristo.

Pero todo Hijo necesita recordar sus raíces. Nacemos cargados de historia y de herencias que hacen valiosa nuestra propia vida y nos unen a una tierra, a una fe, y a una tradición de valor incalculable. Por eso he intentado transmitir el valor y la preocupación por mantener las tradiciones, por fortalecer las devociones, la religiosidad popular y la vivencia sencilla de la fe. Es el trabajo desempeñado por tantas juntas y cofradías, que llevan la voz de Dios y del Evangelio a las cosas más sencillas de la vida. Agradezco a todas las personas que en este tiempo he sumado a cada junta y a cada fiesta, porque sin su inestimable ayuda no hubiésemos podido llegar a mucha gente a quienes hemos recordado la presencia de Dios.

Como Padre, también he creído parte de mi responsabilidad cuidar el patrimonio de mi Hijo, como legado de sus antepasados. Generaciones y generaciones antes que nosotros levantaron este templo, lo decoraron con delicadeza y lo dotaron de piezas de gran valor. Por ello, mi interés por hacer conscientes a todos de que este patrimonio nos pertenece a todos, y no podemos dejar de mantenerlo cuidarlo y devolverle su esplendor. Gracias de verdad a todos por ayudarme a hacer esto realidad y haber contribuido a devolver la dignidad a este templo y a muchas piezas que son un legado de gran valor.

Pero la familia en muchas ocasiones no solo vale por sus palabras, sino por sus silencios. La familia cristiana crece en la fe y se consolida en el ejercicio de la oración. Poner la vida en presencia de Dios. Por ello, creo que esta parroquia es muy afortunada porque cuenta con una presencia orante infatigable, nuestras queridas hermanas carmelitas. Ellas mantienen viva la pequeña llama de la fe, que ilumina incesantemente nuestra vida con la luz de Dios.

Pero no hay paternidad sin ayuda y consejo. Me he sentido muy afortunado de cuantas personas en mi tarea me han acompañado, asesorado y orientado. Podría hablar de muchas, pero sería muy injusto no nombrar a Asun, Chelo, Silvia Díaz (la matacana), Merche, Ana Belén, Paquito, Juanjo… y muchos más nombres que no han dejado de apoyarme y contribuir a este proyecto de familia común.

Hay que tener en cuenta que tampoco existe el Padre perfecto. Por ello, creo que no puede faltar una palabra de disculpa, de perdón y de reconocimiento de los propios errores y pecados. Todo padre comete errores, y en mi ministerio también yo los he cometido. Cuidando y acompañando a esta comunidad parroquial. Pido perdón por mis palabras inoportunas, por mis silencios cobardes y por mi omisiones que manifiestan mi incapacidad. El pecado también se hace presente en la vida de un sacerdote, por ello, antes de irme, pido perdón.

No obstante, quisiera recordaros que todo Hijo no es nada sin una Madre. Y en eso he sido tan afortunado como vosotros. Nadie puede ejercer de modo más delicado y sensible el papel de Maternidad como María, madre nuestra. No hay familia que pueda caminar sin una madre a la cabeza. Por ello, al convertirme en el Pastor y Padre de esta comunidad me sentí tremendamente afortunado.

Siempre he vivido mi tarea con la seguridad y tranquilidad de que ella me precedía, y que ella, con menos esfuerzos, pero con más oración y silencio, conseguía acercar a más hijos a Dios, conseguía unirlos en armonía y los hacía sentir queridos y cuidados. Que ella regaba con su gracia cada iniciativa, y ella sembraba en el corazón de sus hijos la semilla de la fe que en tantos casos he sido testigo de su germen y crecimiento. María, como madre, es el sustrato de esta tierra buena donde se siembre la fe de este pueblo. Y no hay mejor tributo para una madre que el amor y el agradecimiento de sus hijos.

Por ello, he creído conveniente fortalecer, cuidar y potenciar este vínculo con la maternidad espiritual de la Virgen de la Paz. Nada de lo que se le da a María se le resta a Dios mismo, porque ella siempre nos conduce hacia él.

Pues como Padre de una tarea compartida, también hoy me despido de mi querida Virgen de la Paz, agradecido de su maternal mediación, y de su tierna mirada, en la que siempre he hallado comprensión y descanso del alma. Qué afortunado es el Villar de contar con tan buena madre.

Pero la relación de los Padres con sus hijos no es líneal, ni uniforme, ni siquiera los padres son siempre referentes para sus hijos. Por eso hoy, como un verdadero padre, dejo esta parroquia de Villar. Como ese Padre que ve partir y alejarse a un hijo, cargado con su historia y con su equipaje, y perdiéndose en el horizonte inicia un nuevo tiempo, y un nuevo camino en su vida. Lo hago con dos sentimientos que hablan de amor.

Con lágrimas en la mirada, apenado por la vacío de la ausencia y el sentimiento paternal que ahora se va a ver marcado por la distancia, y una vida que sin el hijo cambia de ritmo y de dinámica. Ahora las metas y los propósitos se alejan del ritmo de vida que se ha marcado hasta hoy. Lágrimas de preocupación y de incertidumbre por el futuro que escapa a nuestros planteamientos y objetivos.

Y con la sonrisa agradecida en los labios. Una sonrisa grande La sonrisa de la gratitud, del buen sabor de boca, de la conciencia tranquila por lo vivido, por el trabajo bien hecho y la fe compartida. Por lo que ahora ya es pasado, ya ha quedado en la memoria, y que es sello del amor de Dios. Por todo lo vivido, disfrutado y celebrado con alegría. Por el gran regalo de Dios de ser durante casi tres años padre y pastor de esta comunidad parroquial. Con la sinceridad del corazón con la que el Padre habla a su hijo mayor en la parábola de los dos hijos, y que manifiesta en el corazón lo que yo he dado de corazón a villar en este tiempo que hoy acaba: “Hijo, tu estás siempre conmigo, y todo lo mío, es tuyo”.

Gracias Villar, Gracias mi querida parroquia.

Quique Roig Vanaclocha

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