Editorial

Dadnos alas Ave hermosa…

Para seguir vuestro vuelo… Así reza la letra de los gozos que cada día del Triduo y el día de la Asunción de María entonamos en nuestra parroquia. La Solemnidad de la Asunción tiene la preciosa finalidad de sostener la Esperanza de los creyentes, de elevar nuestra mirada al cielo para recordar que allí está nuestra patria definitiva, nuestra morada eterna es la casa del Padre.

Allí, glorificada, nos precede María, que ya participa en plenitud no solo de la vida de Cristo y de la redención, sino también de la resurrección y la gloria de la carne. Ese es el gran anuncio de la Iglesia en esta solemnidad, que María, criatura llena de la gracia nos precede como la primera entre los Hijos de Dios en nuestro destino definitivo.

Mirar al cielo es un buen ejercicio, sobre todo para recordar en nuestro camino la presencia de Dios; el firmamento nos habla de trascendencia, nos pone ante nosotros algo que nos supera y que no podemos alcanzar ni controlar dentro de nuestras capacidades. Allí es donde el hombre ha puesto a Dios. Allí está el futuro, cuya puerta de acceso es la muerte, no como final definitivo, sino como instante tras el que se inicia la vida nueva, el tiempo es sustituido por la eternidad.

Por eso la fiesta de la Asunción no es una fiesta de pasado, sino de futuro. No nos habla de lo que ya ha ocurrido, sino de lo que con fe esperamos vivir un día nosotros siguiendo los pasos de nuestra Madre, de la fiel discípula y humilde esclava del Señor.

Para participar del destino de María, ella nos recuerda el camino de su vida, la experiencia de la fe, el ejercicio de caridad fraterna que se vive en favor de los más pobres, de los últimos, de los que ni siquiera tienen a Dios, y esa es quizás su mayor pobreza. María nos anima a ser y a vivir como los discípulos de Jesús, como los enviados tras la Pascua a anunciar la buena noticia de su amor, que se concreta en la vida nueva que en el resucitado estamos llamados a vivir, y que Ella ya ha alcanzado.

Desde esta perspectiva, con la mirada puesta en el cielo, y con el testimonio y ejemplo de fe de María nos disponemos a celebrar de nuevo esta fiesta, renovando nuestra esperanza, y viviendo con la confianza de volar con María, de participar un día de esa gloria del cielo que es la vida eterna que Cristo nos regala y de la que María es precursora para la humanidad.

Feliz fiesta de la Asunción. Quique, vuestro cura.

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