Editorial

GRANDE Y HUMILDE, ASÍ ES DIOS

El Adviento es el tiempo en que Dios se acerca sin hacer ruido, como entra la semilla en la tierra. San Juan de la Cruz entiende bien este modo de actuar: Dios viene en la “noche sosegada”, cuando parece que no pasa nada, pero en realidad lo está preparando todo. El santo lo dice con su frase inconfundible: “Para venir a saborearlo todo, no quieras tener gusto en nada.” Es el camino del corazón que aprende a hacer espacio.

El Adviento es silencio. No un silencio vacío, sino ese silencio en el que por fin dejan de imponerse las prisas, los miedos y las manías. Juan de la Cruz recuerda que el Padre habla su Palabra “en eterno silencio”. Si no callas por dentro, no oirás nada por fuera. Allí, en esa calma incómoda, Dios pronuncia lo que puede cambiarte de verdad.

Es también un tiempo de purificación. No para que seas perfecto, sino para que seas disponible. “Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes”, escribe el santo. Dejar que Dios te lleve, sin controlar el proceso, sin manipularlo. Él trabaja dentro, como quien ajusta un mecanismo delicado.

María es el modelo: la mujer del “Hágase” sin reservas. La más callada, la más escondida, la que no estorba la obra de Dios. Y por eso, Él puede hacer en ella lo imposible.

Y todo termina en un Niño. Un Dios pequeño, pobre, que no asusta a nadie. La “llama de amor viva” hecha fragilidad. Dios se hace pequeño para entrar donde sólo la pequeñez abre la puerta. El Adviento te pide lo mismo: un corazón humilde, despejado, disponible.

Porque Dios viene suavemente. No impone, no invade. Llama. Y sólo nace donde encuentra un corazón que quiera volverse Belén, casa del pan.

Vuestro, Julio.

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