VEN, ESPÍRITU SANTO
Pentecostés no es el recuerdo de un acontecimiento pasado. No es una fiesta bonita, ni un símbolo poético del nacimiento de la Iglesia. Pentecostés es una herida abierta en la historia. Es Dios diciendo al hombre: “Sin Mí no puedes vivir”.
Los apóstoles habían visto milagros. Habían escuchado las palabras más hermosas jamás pronunciadas. Habían caminado con Cristo mismo. Y, sin embargo, después de la Resurrección seguían encerrados, llenos de miedo, incapaces de anunciar nada. Tenían doctrina, recuerdos, estructuras… pero todavía no tenían fuego. Y esto es dramáticamente actual. También nosotros podemos tener parroquias, catequesis, sacramentos, reuniones, proyectos pastorales… y seguir siendo hombres encerrados en el cenáculo del miedo, de la tibieza y de la mediocridad. Porque el cristianismo no funciona por esfuerzo humano. La Iglesia no nace de la organización. La santidad no es fruto de la fuerza de voluntad.
Sin el Espíritu Santo, el Evangelio se convierte en una teoría. Sin el Espíritu Santo, la Iglesia se transforma en una institución cansada. Sin el Espíritu Santo, la oración se seca. Sin el Espíritu Santo, terminamos viviendo una fe triste, pesada y moralista. El problema de muchos cristianos no es que hayan rechazado a Dios. El problema es que intentan vivir sin el Espíritu Santo. Y eso es imposible.
El Espíritu Santo no es un complemento para almas “más espirituales”. No es un lujo para santos extraordinarios. Es el aire del cristiano. Es la vida misma de Dios dentro del hombre. Sin Él, no somos capaces de amar de verdad, de perdonar de verdad, de permanecer fieles, de anunciar a Cristo, de resistir en la prueba. Por eso Jesús dice algo impresionante: “Os conviene que yo me vaya”. ¿Cómo puede convenir que Cristo se vaya? Porque mientras Cristo estaba junto a ellos, el Espíritu Santo todavía no habitaba dentro de ellos. Pentecostés es el momento en que Dios deja de estar solamente “delante” del hombre para comenzar a vivir “dentro” del hombre.
Y aquí aparece una verdad que debería hacernos temblar: muchos bautizados viven como huérfanos espirituales. Han recibido el Espíritu Santo, pero no le hablan, no le invocan, no le esperan, no dependen de Él. Pedimos salud, trabajo, soluciones, serenidad… pero raramente pedimos el Espíritu Santo. Y, sin embargo, lo necesitamos más que el pan. Necesitamos despertar cada mañana diciendo: “Ven, Espíritu Santo”: Antes de hablar. Antes de decidir. Antes de corregir a un hijo. Antes de entrar en una reunión. Antes de predicar.
Porque sin Él terminamos imponiendo en vez de servir, controlando en vez de amar, agotándonos en vez de dar fruto. Pentecostés es la derrota definitiva de la autosuficiencia. El Espíritu Santo viene a destruir la ilusión de que podemos salvarnos solos, sostener la Iglesia solos o convertir el corazón humano con estrategias humanas. La Iglesia sólo es verdaderamente Iglesia cuando arde. No cuando impresiona. No cuando tiene poder. No cuando recibe aplausos. Sino cuando está llena del Espíritu Santo.
Los santos no fueron héroes psicológicamente fuertes. Fueron hombres y mujeres poseídos por el Espíritu de Dios. Por eso podían amar lo imposible, perdonar lo imperdonable y permanecer firmes en medio del sufrimiento. Hoy el mundo no necesita cristianos eficientes. Necesita cristianos incendiados. Y quizá la oración más urgente de nuestro tiempo no sea otra que esta:
“Espíritu Santo, ven. Porque sin Ti no sé amar. Sin Ti me pierdo. Sin Ti la Iglesia se vacía. Sin Ti mi fe se convierte en costumbre. Ven, Espíritu Santo, y haz en mí lo que quieras. Estoy dispuesto a lo que sea.”
Vuestro párroco, Julio


