¿ME PUEDO ACOSTUMBRAR AL CIELO?
En estos días en que la comunidad de Parroquia Nuestra Señora de la Paz se prepara para celebrar el Corpus Christi, quizá conviene detenerse un momento y hacerse una pregunta sencilla, pero profunda: ¿seguimos teniendo hambre de Cristo?
Porque el gran drama no es solamente que el mundo se aleje de Dios. El verdadero peligro es acostumbrarse a Él. Acostumbrarse a la misa, acostumbrarse a la comunión, acostumbrarse incluso al sagrario. Entrar en la iglesia, sentarse en el mismo banco de siempre, escuchar las mismas palabras de siempre… y que el corazón ya no espere nada. Y, sin embargo, Cristo sigue ahí.
Sigue esperando silenciosamente en el altar de nuestra parroquia. Sigue haciéndose Pan por amor. El Señor del universo escondido en la humildad de una hostia consagrada. No se ha quedado en la Eucaristía para mantener una tradición ni para decorar nuestras iglesias. Se ha quedado porque nos ama profundamente y sabe cuánto necesitamos su presencia.
Qué maravilla pensar que, en el corazón de Villar del Arzobispo, hay un lugar donde Dios permanece día y noche esperando a sus hijos. Esperando nuestras alegrías y nuestras heridas, nuestros cansancios y nuestras búsquedas. Esperando incluso cuando nosotros llegamos distraídos, tibios o sin demasiada fe. Él nunca se cansa de quedarse.
Por eso el Corpus Christi viene a despertarnos. A decirnos: “Mira lo que tienes delante”. El Amor de Dios hecho alimento. Cristo vivo entregándose una y otra vez para sostener nuestra vida. Y quizá hoy la gracia más grande que podemos pedir no es solamente entender más la Eucaristía, sino volver a desearla. Recuperar el hambre de Dios. Porque muchas veces vivimos demasiado llenos de ruido, de prisas, de preocupaciones, y el corazón termina apagándose lentamente. Entonces la fe corre el riesgo de convertirse en costumbre y la Eucaristía en algo rutinario.
Pero cuando una persona descubre de verdad quién le espera en cada misa, todo cambia. La comunión deja de ser un gesto automático y se convierte en encuentro. La adoración deja de ser obligación y se transforma en descanso. El sagrario deja de ser un rincón de la iglesia y se convierte en el lugar donde uno vuelve a respirar.
Por eso esta fiesta no es solamente una procesión hermosa por las calles de nuestro pueblo. No es solamente acompañar al Santísimo entre cantos e incienso. Todo eso tiene sentido cuando nace de un corazón que reconoce: “Señor, sin Ti mi vida se vacía”.
Qué hermoso sería que este Corpus Christi renovara profundamente a toda la comunidad parroquial. Que despertara nuevamente el asombro. Que devolviera a tantos jóvenes el deseo de buscar a Dios. Que ayudara a quienes están cansados o desanimados a reencontrarse con Cristo vivo. Que nuestros niños aprendieran, viendo a sus mayores, que la Eucaristía no es una costumbre vacía, sino el tesoro más grande que tiene la Iglesia.
Hoy necesitamos pedir una gracia muy concreta: no acostumbrarnos nunca a Jesús. Pedirle al Señor que nos devuelva el hambre, el deseo, la alegría de encontrarnos con Él. Que cada vez que se eleve la hostia consagrada en nuestra parroquia volvamos a recordar que Dios está ahí, entregándose totalmente, amando totalmente, esperando totalmente.
Sin la Eucaristía, no podemos vivir.
Vuestro párroco, Julio.


