Editorial

El sacramento de la Confirmación

Hay sacramentos que entendemos fácilmente y otros que, con frecuencia, corremos el riesgo de reducir a una ceremonia. La Confirmación es uno de ellos. Muchas personas la recuerdan como un día importante de su adolescencia, pero después les cuesta explicar qué cambió realmente en su vida. Sin embargo, la Confirmación es mucho más que un rito de paso: es un regalo de Dios para nuestra existencia concreta. Cuando recibimos la Confirmación, el Espíritu Santo viene a fortalecer la obra que Dios comenzó en nosotros el día de nuestro Bautismo. Es como si el Señor nos dijera: «No estás llamado solamente a creer en mí; estás llamado a vivir conmigo y a dar testimonio de mí». La Confirmación no añade algo exterior a nuestra vida; despierta algo que ya estaba sembrado en nuestro corazón.

Muchas veces vivimos por debajo de lo que somos. Nos acostumbramos a nuestros miedos, a nuestras inseguridades, a nuestras heridas. Pensamos que la fe consiste simplemente en cumplir algunas prácticas religiosas o en intentar ser buenas personas. Pero el Evangelio anuncia algo mucho más hermoso: Dios quiere hacer de nuestra vida una historia fecunda. Quiere enseñarnos quiénes somos de verdad. Por eso el Espíritu Santo es tan importante. Él no viene a complicarnos la vida ni a exigirnos cosas imposibles. Viene a recordarnos que somos hijos amados de Dios. Viene a darnos luz cuando no sabemos qué camino tomar, fuerza cuando nos sentimos débiles y esperanza cuando pensamos que ya no hay salida. El Espíritu Santo no elimina nuestras dificultades, pero nos permite atravesarlas de una manera nueva.

La Confirmación está profundamente unida a Pentecostés. Los apóstoles estaban encerrados por miedo. Habían conocido a Jesús, habían visto sus milagros y escuchado sus palabras, pero seguían paralizados. Cuando recibieron el Espíritu Santo, no se convirtieron en superhéroes. Siguieron siendo personas frágiles. Lo que cambió fue que dejaron de apoyarse únicamente en sus fuerzas y comenzaron a confiar en la fuerza de Dios. Eso mismo quiere hacer el Señor con nosotros.

Y aquí aparece una verdad muy importante: la Confirmación no es solamente para nosotros. No recibimos el Espíritu Santo para conservarlo como un tesoro privado. Lo recibimos para una misión. Todo cristiano está llamado a evangelizar. A veces, cuando escuchamos esta palabra, pensamos en predicar, dar catequesis o hablar constantemente de religión. Pero evangelizar es, antes que nada, dejar que Cristo se haga visible en nuestra vida. Es llevar esperanza donde hay tristeza, paciencia donde hay tensión, perdón donde hay heridas. Es mostrar, con nuestra manera de vivir, que Dios está presente y sigue actuando.

Muchas personas quizá nunca leerán el Evangelio, pero sí leerán nuestra vida. Por eso, todos los cristianos tenemos una misión: hacer visible el amor de Dios con nuestras palabras, nuestros gestos y nuestra manera de vivir. La Confirmación nos recuerda que Dios cuenta con cada uno de nosotros, no porque seamos perfectos, sino porque somos amados y Él quiere actuar a través de nuestra fragilidad. Hoy podemos pedir de nuevo el don del Espíritu Santo para vivir nuestra fe con valentía y alegría. La Iglesia necesita testigos que crean que Dios sigue transformando vidas y se atrevan a anunciarlo con esperanza.

Deja una respuesta