DE UNA CARTA DE SANTA TERESA DE LOS ANDES, LE CUENTA EL SECRETO DE SU VOCACIÓN
… «Me he entregado a El. El ocho de diciembre me comprometí. Todo lo que quiero me es imposible decirlo. Mi pensamiento no se ocupa sino en El. Es mi ideal. Es un ideal infinito. Suspiro por el día de irme al Carmen para no ocuparme sino en El: Amar y sufrir para salvar las almas, Sí; sedienta estoy de ellas porque sé que es lo que más quiere mi Jesús. ¡Oh, le amo tanto!
Quisiera inflamarte en ese amor. ¡Qué dicha la mía si pudiera darte a El! ¡Oh, nunca tengo necesidad de nada, porque en Jesús lo encuentro todo lo que busco! El jamás me abandona. Jamás disminuya su amor. Es tan puro. Es tan bello. Es la bondad misma. Pídele por mí, Rebequita. Necesito oraciones. Veo que mi vocación es muy grande: Salvar, dar obreros a la viña de Cristo. Todos los sacrificios que hagamos es poco en comparación del valor de un alma. Dios entregó su vida por ellas y nosotros cuánto descuidamos su salvación. Yo, como prometida, tengo que tener sed de almas, ofrecerle a mi Novio la sangre que por cada una de ellas ha derramado. ¿Y cual es el medio de ganar almas? La oración, la mortificación y el sufrimiento.
El viene con su Cruz, y sobre ella está escrita una solas palabra que conmueve mi corazón hasta sus más íntimas fibras: «Amor» Oh, qué bello se ve con su túnica de sangre! Esa sangre vale más que las joyas y diamantes de toda la tierra.
Jesús vive ya en mi corazón. Yo trato de unirme, asemejarme y confundirme en El. Yo soy la gota de agua que he de perderme en el Océano Infinito. Mas hay un abismo que la gota no pude traspasar; mas el Océano se desborda con tal que la gota de agua permanezca en el más completo abandono de sí misma; que viva en un susurro continuo llamando al Océano Divino.
Vivamos con Jesús dentro de nosotras mismas, El nos dirá cosas desconocidas. Es tan dulce su arrullo de amor. Y así, como Isabel, encontraremos el cielo en la tierra porque Dios es el cielo».
Hermanas Carmelitas


