Editorial

La Copa que merece la pena

Hay personas capaces de recordar el minuto exacto de un gol marcado hace veinte años, pero incapaces de recordar dónde dejaron las llaves hace cinco minutos. Así es el fútbol. Y cuando llega un Mundial, el fenómeno se multiplica: camisetas de todas las selecciones, debates sobre alineaciones, pronósticos imposibles, celebraciones, decepciones… Durante unas semanas, medio planeta parece hablar el mismo idioma.

Y, la verdad, hay algo hermoso en todo ello. Nos gusta admirar el talento, el esfuerzo, la velocidad, la precisión, la resistencia de los jugadores. Nos asombra ver hasta dónde puede llegar un cuerpo entrenado cuando está al servicio de un objetivo.

Pero quizá, entre tanto regate y tanto gol, merezca la pena hacerse una pregunta: ¿para qué nos ha dado Dios nuestro cuerpo? La respuesta cristiana es sorprendente. Dios no nos regaló un cuerpo para exhibirlo, ni para convertirlo en un objeto de culto, ni siquiera únicamente para disfrutar de la vida. Nos dio un cuerpo para amar.

Porque el amor necesita manos que acaricien, brazos que sostengan, pies que salgan al encuentro del que está solo, ojos capaces de mirar con ternura, una voz que consuele, unos hombros que ayuden a llevar el peso del otro. El cuerpo es el instrumento con el que el alma hace visible el amor.

Por eso el cristianismo nunca ha despreciado el cuerpo, al contrario. El Hijo de Dios quiso tener uno. Jesús caminó, trabajó con sus manos, abrazó a los niños, tocó a los enfermos, lloró con los que sufrían y terminó entregando su cuerpo en la cruz por la salvación del mundo. Y resucitó con ese mismo cuerpo glorificado.

Nuestro cuerpo no es un accidente ni un simple envoltorio. Es un regalo de Dios y una misión. Quizá por eso san Pablo escribía que nuestro cuerpo es «templo del Espíritu Santo» (1 Co 6,19). Un templo no se abandona ni se desprecia; tampoco se convierte en un ídolo. Se cuida porque está destinado a algo grande.

Cuidar el cuerpo, hacer deporte, descansar bien o alimentarse de manera saludable no debería responder solo al deseo de vivir más años o de verse mejor frente al espejo. El cristiano cuida su cuerpo porque quiere tener un corazón dispuesto… y unas piernas que puedan llevarle hasta quien necesita ayuda. Porque quiere conservar unas manos capaces de servir, unos brazos capaces de abrazar y una salud que le permita entregarse generosamente a su familia, a la Iglesia y a la sociedad.

En el fondo, el entrenamiento de un deportista nos recuerda una verdad profundamente cristiana: aquello que vale la pena exige disciplina. Nadie llega a una final sin esfuerzo. Tampoco se llega a la santidad improvisando. Las pequeñas renuncias, la constancia y la perseverancia forman tanto al atleta como al discípulo de Cristo.

Cuando termine el Mundial habrá un campeón. Levantará una copa que, con el tiempo, acabará en una vitrina y será sustituida por otra edición del torneo. Pero hay una victoria mucho más importante: la de quien utiliza el cuerpo que Dios le ha regalado no para buscar el aplauso, sino para servir; no para ponerse siempre en el centro, sino para ponerse al lado del que sufre; no para vivir encerrado en sí mismo, sino para hacer de toda su vida una entrega. Porque, al final, el mejor partido que podemos jugar no se disputa en un estadio. Se juega cada día. Y el trofeo que merece la pena conquistar no es de oro: es haber gastado el cuerpo que Dios nos dio… amando.

Vuestro párroco, Julio.

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