Editorial

El mayor regalo para quienes ya han partido


Cuando muere una persona a la que queremos, todos nos hacemos, de una forma u otra, la misma pregunta: ¿todavía puedo hacer algo por ella? La primera respuesta parece evidente: «Ya no». Ya no puedo abrazarla, hablar con ella, ayudarla o decirle cuánto la quiero. Entonces nos queda el recuerdo. Visitamos el cementerio, llevamos flores, encendemos una vela, miramos fotografías… Son gestos hermosos, porque nacen del amor.
Pero el Evangelio nos anuncia algo mucho más grande que un recuerdo. Si Jesucristo ha resucitado, la muerte ya no tiene la última palabra. Y si la muerte ha sido vencida, también el amor es más fuerte que ella. La muerte rompe muchas cosas: conversaciones, proyectos, abrazos… Pero no puede romper la comunión que Cristo ha creado entre quienes pertenecen a Él. Nuestros difuntos no han desaparecido; viven en Dios. Y, por eso, seguimos unidos a ellos.
Esta es la razón por la que la Iglesia, desde sus comienzos, nunca ha dejado de rezar por los difuntos. No rezamos porque dudemos de la misericordia de Dios, sino precisamente porque confiamos en ella. Rezar por ellos es ponerlos, una vez más, en las manos del Padre y decirle con sencillez: «Señor, completa en ellos la obra de tu amor. Que la Pascua de tu Hijo los conduzca a la plenitud de la vida».
La oración por los difuntos es un verdadero acto de caridad. El amor no termina con la muerte. Si de verdad queremos a alguien, seguimos deseando su bien. Y la oración es el bien más grande que podemos ofrecerle.
Sin embargo, la Iglesia no solo nos invita a rezar por nuestros difuntos. Nos ofrece un regalo infinitamente mayor: la celebración de la Eucaristía. Cuando se celebra la Santa Misa por un difunto, no estamos haciendo simplemente un recuerdo emotivo ni cumpliendo una tradición familiar. En el altar se hace presente el único sacrificio de Cristo, el mismo con el que venció el pecado y la muerte para siempre. La Iglesia une el nombre de esa persona a la ofrenda perfecta de Jesucristo y pide que los frutos de su entrega lleguen plenamente a ella, según la infinita misericordia de Dios.
Por eso decimos que la Eucaristía es el mayor regalo que podemos hacer a nuestros difuntos. No les ofrecemos algo nuestro, sino lo más valioso que existe: el mismo Cristo, muerto y resucitado por amor.
Cuando queremos mucho a alguien, buscamos siempre el mejor regalo. Nadie entrega cualquier cosa a quien ama de verdad. Pues bien, para un cristiano no existe un don mayor que la Eucaristía. Las flores son un gesto de cariño y los recuerdos mantienen viva la memoria, pero la Santa Misa nos introduce en la obra misma de la salvación. Allí presentamos a nuestros seres queridos en el corazón del sacrificio de Cristo, que permanece para siempre.
Además, cuando una Misa se celebra por un difunto, no reza solamente una persona. Reza toda la Iglesia. Toda la comunidad cristiana presenta esa intención al Señor. Es hermoso pensar que una familia no lleva sola el peso de su dolor, sino que toda la parroquia se une para pedir por quien ha partido. La oración comunitaria tiene una fuerza inmensa, porque es la oración del Cuerpo de Cristo. La Iglesia peregrina en la tierra permanece unida a quienes ya han alcanzado la gloria del cielo y también a quienes se preparan para entrar plenamente en ella. Ni siquiera la muerte puede romper esta comunión.
Quizá muchas veces hemos pensado que ofrecer una Misa es algo reservado para el día del funeral o para el aniversario de un fallecimiento. Sin embargo, el amor no entiende de fechas. Siempre es un buen momento para ofrecer la Eucaristía por nuestros padres, nuestros abuelos, nuestro cónyuge, un hijo, un amigo o cualquier persona que haya partido de este mundo. Es una forma concreta de seguir diciéndoles: «Te sigo queriendo. Te sigo confiando al Señor».
En una sociedad que con frecuencia reduce la muerte a un recuerdo o a un homenaje, los cristianos estamos llamados a anunciar algo mucho más grande: que Cristo ha vencido a la muerte y que el amor sigue pudiendo hacer el bien. Por eso rezamos por nuestros difuntos y, sobre todo, ofrecemos la Santa Misa por ellos.
No dejemos de hacerlo. Es una de las obras de misericordia más hermosas y una de las expresiones más profundas de nuestra fe. Si pudiéramos hacer llegar a quienes amamos el mayor tesoro de la Iglesia, ¿no lo haríamos? Pues ese tesoro tiene un nombre: Jesucristo, que se entrega por nosotros en cada Eucaristía. Ese es, sin duda, el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros difuntos.

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