Editorial

LA ITV Y EL ASOMBRO

Al comienzo del verano me llamó mucho la atención la cantidad de anuncios, reportajes y noticias que aparecían sobre la necesidad de realizar la inspección técnica del vehículo. Los había de muchos tipos: algunos con un tono desenfadado e incluso humorístico; otros, en cambio, mucho más serios, recordándonos que circular sin la ITV al día podía suponer una importante multa. Confieso que, al final, hasta a mí me convencieron para pasarla. Sin embargo, el mensaje de fondo de todas esas campañas era mucho más interesante que la simple amenaza de una sanción. La ITV no existe para evitar multas, sino para garantizar la seguridad. En el fondo, el mensaje era este: «Queremos que estéis seguros». Algo parecido sucede en la vida cristiana. También nosotros estamos llamados a realizar periódicamente una especie de ITV espiritual: el examen de conciencia, especialmente cuando nos prepara para recibir el sacramento de la reconciliación.

Con tristeza compruebo cómo se ha ido perdiendo la necesidad de acudir a la confesión para recibir el perdón de Dios y dejar que Él restaure nuestra alma. Y esa pérdida me preocupa porque creo que no ocurre de golpe, sino poco a poco, como quien comienza a deslizarse por una pendiente sin apenas darse cuenta. ¿Hacia dónde nos lleva esa pendiente? Creo que hacia la pérdida de la capacidad de asombro. Si observamos la vida de los santos o escuchamos el testimonio de cualquier persona que haya experimentado una verdadera conversión, descubrimos un rasgo común: todos quedaron profundamente asombrados por la grandeza de la misericordia de Dios. En algún momento comprendieron que Dios los amaba de verdad, no a pesar de su realidad, sino precisamente dentro de ella.

¿Y cuál es esa realidad? Que soy débil; que no soy Dios ni puedo con todo; que muchas veces no le pongo a Él en el primer lugar; que busco mis propios intereses antes que los suyos; que necesito ser salvado. En definitiva, el cristiano es aquel que nunca deja de asombrarse porque Dios sigue amándolo incluso cuando conoce toda la verdad sobre él. Pero ese asombro no nace por casualidad. Nace cuando uno se atreve a mirar su corazón. Si dejo de hacer examen de conciencia, si nunca me detengo a revisar mi vida delante de Dios, ¿cómo voy a descubrir cuánto necesito su misericordia? Y si no descubro cuánto la necesito, ¿cómo voy a maravillarme de recibirla?

Por eso me entristece esta situación. No porque tenga simplemente ganas de que haya más confesiones —aunque, naturalmente, deseo que muchas personas vuelvan a encontrarse con este sacramento—, sino porque tengo la impresión de que uno no llega a conocer verdaderamente a Dios hasta que ha experimentado personalmente el perdón. Me pregunto cuántos de nosotros, por miedo a dar este paso, nos habremos quedado a las puertas de descubrir el rostro más hermoso del Padre.

Existen muchos obstáculos para acercarse al examen de conciencia y a la confesión; algunos ya los comenté en una hoja parroquial anterior. Pero hay uno que aparece con mucha frecuencia: no querer mirar o no querer aceptar aquello que descubrimos dentro de nosotros. En el fondo, todos sabemos que hay aspectos de nuestra vida que todavía no están configurados con el corazón de Cristo. Curiosamente, en el confesionario casi nunca me encuentro con «cosas muy graves». Y tampoco creo que ese sea el verdadero problema. La santidad no consiste únicamente en evitar los grandes pecados, sino en ir afinando el corazón para que suene cada vez más como el de Cristo. Igual que una guitarra no necesita tener una cuerda completamente destensada para sonar mal, tampoco hace falta cometer grandes pecados para descubrir que hay algo que necesita ser afinado.

Pensemos, por ejemplo, en una persona que consulta compulsivamente el saldo de su cuenta bancaria. Mirar una cuenta no es pecado, por supuesto. La cuestión está en lo que revela ese gesto. Quizá detrás haya una falta de confianza en la providencia de Dios; quizá una ansiedad constante por el dinero; quizá la necesidad de sentirse seguro únicamente cuando una cifra aparece en la pantalla del móvil. Una cosa es ser prudente y administrar bien los bienes; otra muy distinta es vivir esclavizado por ellos. Precisamente para eso sirve el examen de conciencia: para ir más allá de las acciones y descubrir las raíces del corazón. Dios no quiere que nos quedemos en la superficie; quiere mostrarnos aquello que necesita ser sanado.

Y aquí encontramos el mayor obstáculo de todos: aceptar con humildad que somos pecadores. A nadie le resulta agradable reconocer su propia pobreza. Preferimos justificarnos, compararnos con otros o convencernos de que «no estamos tan mal». Sin embargo, mientras no aceptemos nuestra necesidad de ser perdonados, tampoco podremos experimentar la inmensidad del amor con que Dios quiere abrazarnos. El examen de conciencia no pretende hundirnos, sino abrirnos los ojos. La confesión no busca humillarnos, sino devolvernos la alegría. Solo quien descubre de verdad su pobreza puede asombrarse de que Dios siga amándole con un amor tan grande. Y ese asombro es el comienzo de toda vida cristiana. Porque la conciencia del pecado no es el final del camino: es la puerta por la que entra la misericordia de Dios.

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