Editorial

JESÚS VIVE

Alegría y riqueza, con estas dos palabras se resume el mensaje del evangelio de hoy. La nueva cercanía del Señor resucitado es la causa de ambos sentimientos y realidades. La nueva presencia de Jesús, muy superior a la de su cuerpo con vida humana, pertenece al nuevo estado de los resucitados; gracias al don del Espíritu y gracias a nuestra fe, no estamos huérfanos, sino enriquecidos y felices. Tan maravillosa es ahora nuestra situación, que, como los dos de Emaús, nuestra vida ha dado un vuelco total. Se acabó el desánimo y el miedo; necesitamos decirlo y contagiar el nuevo sentido de nuestra vida a todo el que nos escuche o nos vea. No necesitamos las estrategias del proselitismo, nos basta el lenguaje de las obras. Nuestra firme convicción envuelta con la alegría que nos llena nos da ingeniosa creatividad, respeto y capacidad de contagio. Muchas veces no sabemos cómo decir lo que lo que creemos y sentimos, pero nos basta estar atentos al Espíritu y dejarnos conducir con cuidado para no estropear su obra. Somos tan sólo unos enviados cumpliendo un encargo; Jesús resucitado pide al Padre por cada uno cada día. Gozamos de este espléndido regalo: estamos con Jesús resucitado, él está con nosotros y por él estamos con Dios Padre. ¿Cabe mejor compañía? El amor nos ha hecho inseparables ¡qué fortuna!

¿Por qué tantos dudan, están cansados, tienen miedo? Cada domingo en la misa repetimos el credo. ¿Quién habla hoy de la resurrección de Jesús y de la nuestra desde una convicción firme, integrada y contagiosa?

Jesús vive”, éste es el secreto del que surge un sentido nuevo de la existencia personal, de nuestra historia íntima y de la alegría en nuestro día a día.

Jesús vive” se dijo un día en Jerusalén como sorprendente noticia. Pocos la creyeron. Pero los que gracias a su Espíritu lo hemos confesado con la boca y lo creemos desde el corazón iluminado, Rm 10,9: “Si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás, formamos una comunidad nueva de seguidores de Jesús; la misma de san Pablo con tantos otros que le precedieron y le han seguido hasta nuestros días. Somos la Iglesia que nació después de Jesús muerto y resucitado, por obra de su Espíritu, que se ha derramado abundante y sigue completando su obra en nuestro mundo.

Jesús vive”, Aleluya, seguimos proclamando con gozo y de muchas maneras los que lo creemos de verdad. Alcanza tal certeza en nosotros esta verdad, que ni el cansancio de los buenos, ni la indiferencia creciente en la sociedad, ni el misterio del mal, ni otras concepciones de la vida o de la muerte, vencen esta nuestra fe que nos salva y nos compromete a mejorar la realidad, tantas veces dura e injusta.

¿Cómo alcanzar este grado de certeza en la fe? Con la perseverancia en la oración y la gracia de Dios. “Es el Señor”, gritó sorprendido el discípulo amado aquella madrugada al regresar a la orilla. Los que creemos que “Jesús vive” nos lo decimos con gozo a nosotros mismos muchas veces en el día a día. Basta abrir los ojos del corazón. Su compañía cambia el sentido de la realidad cada vez que nuestra fe ilumina el momento; nos sumerge en su presencia, calma el viento, abre el misterio, refuerza el ánimo, la esperanza, el consuelo, la ilusión, la creatividad del amor y desaparece la soledad. Porque como hoy nos dice Jesús: “Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros”. Ánimo ya nos queda menos para juntarnos, confiemos en el Señor.

RAÚL GARCÍA

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