«Id a todos los pueblos…»
Nos acercamos al final del tiempo pascual, un tiempo que late con fuerza, lleno de encuentros con el Resucitado y de palabras de Cristo que tocan el corazón. Palabras que nos empujan a mirar dentro y a preguntarnos con sinceridad: ¿amo de verdad a Dios? ¿Es su presencia viva el mayor deseo de mi vida? Porque no hablamos de una idea, sino de una presencia real, cercana, que puede ser experimentada.
Durante seis semanas hemos ido escuchando su voz. Y ahora, en el domingo de la Ascensión, esa voz se vuelve envío, misión, urgencia: «Id, pues, a todos los pueblos…». Al oír esto, alguno podría pensar: «Esto será cosa del cura». Pero, en el fondo, sabemos que no es así. Porque esta palabra no se queda en el aire: busca un destinatario concreto. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué tiene que ver esto conmigo? ¿Qué me está pidiendo hoy el Señor? Si esa pregunta aparece en tu interior, es que algo ya se ha puesto en marcha.
Imaginemos por un momento un campo de fútbol en el que ya nadie juega. El silencio en las gradas, la hierba sin pisar… (he tenido la oportunidad de jugar en uno abandonado, y la sensación es extraña, casi inquietante). Imaginemos también una clínica donde ya no entra ningún enfermo, o una casa vacía, cerrada para siempre, sin vida en su interior. Todo parece perder su sentido. Porque un campo está hecho para jugar, una clínica para cuidar, una casa para ser hogar. Cuando dejan de cumplir su misión, algo esencial se rompe.
Entonces, la pregunta se vuelve más profunda: ¿para qué existe la Iglesia? Y aquí es importante entenderlo bien: no hablamos de muros ni de edificios, sino de nosotros, de cada uno de los bautizados, de esta comunidad viva que formamos. La respuesta es clara y exigente a la vez: la Iglesia, tú y yo, existe para evangelizar. Para anunciar, con sencillez y verdad, a cada persona —al vecino, al que se ha alejado, al que sufre, al que busca sin saberlo, que Dios le ama.
Es verdad que muchas cosas en la vida pueden cambiar de función, reinventarse, adaptarse. Pero la Iglesia no. No puede dejar de ser lo que es. Todo en ella, la catequesis, Cáritas, la visita a los enfermos, los grupos de vida… nace de una única misión: hacer visible el amor de Dios, para que otros puedan encontrarlo, experimentarlo y vivir unidos a Él.
Quizá ahora toca mirarse por dentro y preguntarse: ¿qué hago yo con esto? ¿Me cuesta hablar de mi fe? ¿La vivo como algo que me quema por dentro o como algo que guardo en silencio? ¿Me he planteado alguna vez que esto también va conmigo?
Puede que hayas tenido malas experiencias. Puede que te hayas sentido juzgado. Puede que incluso te dé miedo, porque no sabes cómo hacerlo. Es normal. Nos pasa a todos. Pero precisamente ahí, es donde el Señor actúa. Pídele que no deje que ese fuego se apague. Que te enseñe a anunciarle, con palabras sencillas y con gestos concretos. Que te dé valentía. No tengas miedo. No dejes que se enfríe tu corazón. Porque ese fuego que llevas dentro no es solo para ti.
Vuestro párroco, Julio.


