Editorial

LLEGA EL VERANITO

Cuando llega el verano, todo parece cambiar. Los horarios se vuelven más flexibles, aparecen los viajes, las vacaciones, las visitas familiares y los planes improvisados. Es un tiempo necesario para descansar, disfrutar y recuperar fuerzas. Sin embargo, también puede convertirse en una época en la que, casi sin darnos cuenta, aflojamos el ritmo de nuestra vida espiritual. Lo que durante el curso hacemos con cierta regularidad puede quedar relegado a un segundo plano. Dejamos la oración para otro momento, olvidamos el rosario, descuidamos la lectura de la Palabra de Dios, faltamos con facilidad a la Eucaristía dominical o retrasamos la confesión. Y así, poco a poco, el corazón se va enfriando.

Sin embargo, las vacaciones no son unas vacaciones de Dios. Precisamente porque tenemos más tiempo, más calma y más oportunidades para contemplar la belleza de la creación, el verano puede convertirse en un tiempo privilegiado para fortalecer nuestra amistad con el Señor. La vida espiritual se parece mucho a una relación de amistad. Cuando dos amigos dejan de hablar durante semanas o meses, la relación se resiente. Lo mismo sucede con nuestra relación con Dios. La oración personal es ese encuentro diario que mantiene viva la amistad. No hace falta hacer cosas extraordinarias. Bastan unos minutos de silencio, una conversación sincera con el Señor, una lectura pausada del Evangelio o un momento de agradecimiento al final del día.

También el rosario es una ayuda preciosa durante el verano. Puede rezarse caminando, viajando, en la playa, en la montaña o en casa. La Virgen María siempre nos lleva a Jesús y nos ayuda a mantener el corazón centrado en lo esencial cuando tantas distracciones reclaman nuestra atención. La Palabra de Dios merece igualmente un lugar en nuestras vacaciones. Un pequeño Evangelio en la maleta o una aplicación en el teléfono pueden ser suficientes para dedicar unos minutos diarios a escuchar al Señor. Dios sigue hablándonos también en verano y su Palabra continúa siendo luz para nuestro camino.

La Eucaristía dominical debe seguir ocupando el centro de nuestra vida cristiana. Aunque estemos fuera de casa, siempre podemos informarnos sobre los horarios de las parroquias del lugar donde nos encontremos. La Misa no es una obligación que soportamos, sino el encuentro con Cristo que alimenta nuestra fe y fortalece nuestra esperanza. Y junto a la Eucaristía, la confesión sigue siendo una fuente de gracia imprescindible. El verano puede ofrecernos más tiempo para examinarnos, reconocer nuestras faltas y acercarnos al sacramento de la reconciliación. Nada produce tanta paz y tanta alegría como experimentar el perdón de Dios.

No se trata de hacer más cosas, sino de no perder el ritmo. Igual que una persona que cuida su salud procura mantener ciertos hábitos aunque cambie de lugar o de horario, también el cristiano procura conservar aquellos medios que alimentan su vida espiritual. Las vacaciones cambian muchas cosas, pero no cambian nuestra necesidad de Dios. Que este verano sea un tiempo de descanso para el cuerpo, pero también una oportunidad para renovar el alma. Que al regresar a nuestras actividades habituales podamos decir que no solo hemos descansado, sino que también hemos crecido en nuestra amistad con el Señor.

Algunas acciones concretas para este verano:

  • Dedicar cada día al menos diez minutos a la oración personal, a poder ser, delante del Sagrario.
  • Llevar un Evangelio de bolsillo o utilizar una aplicación para leer el Evangelio diario.
  • Rezar laudes, vísperas o completas con alguna aplicación del móvil, como Eprex.
  • Rezar al menos una decena del rosario cada día y, si es posible, el rosario completo.
  • Buscar antes de viajar los horarios de Misa del lugar de destino.
  • Participar en la Eucaristía dominical con el mismo compromiso que durante el resto del año.
  • Acercarse al sacramento de la confesión al menos una vez durante el verano.
  • Comenzar cada jornada ofreciendo el día al Señor.
  • Terminar el día dando gracias por los dones recibidos, pidiendo perdón por los momentos en los que hemos sido más egoístas y pidiendo ayuda para el día siguiente.
  • Realizar algún gesto concreto de caridad con familiares, vecinos o personas necesitadas.

Si cuidamos estos pequeños hábitos, el verano no será una pausa en nuestra vida espiritual, sino una oportunidad para crecer más en nuestra relación con Dios.

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