EDITORIAL

¿Qué es un patrón?

Hay palabras que utilizamos con tanta frecuencia que acabamos dejando de escuchar lo que dicen. Una de ellas es patrón. Decimos que San Roque es el patrón del Villar y de nuestra parroquia, y la expresión nos resulta tan familiar que ya no nos sorprende. Sin embargo, basta detenerse un momento para descubrir que esa palabra encierra una pregunta decisiva. Un patrón no es simplemente alguien a quien se dedica una fiesta o una imagen que procesiona por nuestras calles. Un patrón es una medida, un molde, una referencia. Es aquello con lo que se compara una obra para saber si está bien hecha. Y entonces la pregunta deja de ser quién es el patrón de nuestro pueblo para convertirse en otra mucho más incómoda: ¿qué está marcando el patrón de mi vida?

Porque todos tenemos un patrón. Todos vivimos según una medida, aunque nunca la hayamos formulado con palabras. Hay quien mide su vida por el dinero que consigue acumular; otros, por el reconocimiento que reciben; otros, por la tranquilidad que logran conservar. Basta observar qué ocupa nuestros pensamientos, qué determina nuestras decisiones o por qué somos capaces de sacrificar tantas cosas para descubrir quién está gobernando realmente nuestra existencia. No elegimos un patrón cuando lo proclamamos con los labios; lo elegimos cada día con nuestras decisiones. Al final, todos terminamos pareciéndonos a aquello que más admiramos y obedecemos.

Por eso resulta tan provocador que la Iglesia nos proponga como patrón a San Roque. Humanamente hablando, no parece un modelo de éxito. No fue un hombre poderoso, ni dejó una gran obra escrita, ni construyó un imperio. Más bien ocurrió todo lo contrario. Era un hombre que tenía motivos para vivir una existencia tranquila y, sin embargo, permitió que Dios trastocara todos sus planes. Nosotros solemos pedirle al Señor que bendiga nuestros proyectos; San Roque permitió que Dios sustituyera los suyos por otros completamente distintos. Y esa diferencia cambia una vida entera. Hay personas que pasan la existencia intentando que nada altere el orden de sus planes; los santos, en cambio, descubren que el verdadero orden consiste en dejar que Dios escriba una historia mejor que la que ellos habían imaginado.

Quizá por eso San Roque fue capaz de acercarse a quienes todos evitaban. Mientras el miedo levantaba muros, él acortaba distancias. Mientras los demás sólo veían cuerpos enfermos, él era capaz de reconocer personas heridas que seguían siendo infinitamente dignas de ser amadas. No actuaba así porque fuera un héroe o porque tuviera un carácter excepcionalmente fuerte. Actuaba así porque había descubierto algo más poderoso que el miedo: sabía que quien se sabe amado por Dios ya no necesita proteger constantemente su propia vida. Cuando uno vive obsesionado por salvarse a sí mismo, termina encerrándose; cuando descubre que su vida descansa en las manos de Dios, encuentra una libertad desconocida para entregarse a los demás.

San Roque pasó buena parte de su existencia cuidando las llagas de los enfermos y terminó llevando las suyas propias. Es como si Dios hubiera querido decirnos que el amor verdadero nunca consiste en ayudar desde la distancia. Quien ama de verdad termina dejando que el sufrimiento del otro toque también su propia carne. Desde fuera podría parecer un fracaso: la enfermedad, la soledad, el abandono… Sin embargo, el Evangelio tiene una forma muy distinta de medir las cosas. Allí donde nosotros vemos una derrota, Dios contempla una vida que ha llegado hasta el extremo del amor. Y ésa es la única medida que permanece cuando todo lo demás desaparece.

Dentro de unos días volveremos a celebrar las fiestas de nuestro patrón. Habrá música, encuentros, pólvora, procesiones y momentos que permanecerán en la memoria. Todo eso es hermoso y forma parte de la vida de un pueblo. Pero sería una pena que, cuando las calles recuperen el silencio y termine la fiesta, también desaparezca la pregunta que San Roque viene haciéndonos desde hace siglos. No nos pregunta si hemos acompañado la procesión o si hemos aplaudido al paso de su imagen. Nos pregunta algo mucho más profundo: ¿quién está marcando realmente el patrón de tu vida? Porque San Roque nunca quiso que nos quedáramos admirándolo a él. Como las agujas de una brújula, toda su existencia señala siempre en la misma dirección. El patrón no ocupa el lugar de Cristo; simplemente nos enseña, con su propia vida, dónde se encuentra el único norte capaz de orientar la nuestra.

Vuestro párroco, Julio.

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